Me enseñaste a perderle el miedo a las picadas de los mosquitos, mostrándome tu pálida piel amoratada, a causa los pinchazos de las agujas, que te congelan la sangre, apagando progresivamente cada latido de tu corazón.
Ese corazón que me confirma lo que tu boca no se atreve a confesar. Porque piensas que una prueba de sangre tiene la capacidad de determinar el destino de un sentimiento, en ebullición, tan grande, tan profundo e impetuoso como la indomable mar.
Me cuelgo en tus ojos y me reflejo en el espejo empañado de tus pupilas, que sin la fuerza de tu voluntad, me asoma sin cesar el cartel de la muerte, incitándome a claudicar, porque el final se acerca.
Pero ¿qué es la muerte, Sino un receso para continuar la misma vida?. Es la epidermis en transición, que necesita renovarse y trascender, hacia una octava superior de evolución.
Transición en la que tú vas adelante y yo te sigo, para reencontrarnos luego, a continuar lo que iniciamos, más allá de los espacios celulares. Porque necesito que me devuelvas los besos pendientes, que el tapabocas anotó, en una lista de espera.
Por lo pronto te invito a aprovechar el aquí y el ahora, sin pensar ni en el pasado ni en el futuro. A explorar lo más recóndito de nuestra intimidad. Protegidos con el látex terapéutico , bajo la somnolencia ojerosa de barbitúricos y antibióticos, a que disfrutemos la pureza de este inmenso amor.
Agradezco al firmamento haberte encontrado, aun en las peores circunstancias, por ser, por existir, por acortar la distancia entre tu corazón y el mío, donde sólo nos separa un latido.
Distancia tan estrecha, en la que quedo rendida comiéndote a besos, y saboreando la metamorfosis, de verme convertida en la mejor persona que soy ahora.
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