El cenicero vista al mar
José cada mañana se sentaba en su diván con vista al mar a contemplar la naturaleza marina, sus pulmones tiene toneladas de humo que bota en bocanadas por la nariz y boca.
Su existencia es ridicula, y a veces carece de sentido hasta vivir, pero increíblemente se detiene a pensar en su amada Rosalinda.
Una camarera del café de aquel pueblo con 53 habitantes y 40 grados en verano. Mientras recorre en su bicicleta Jose saluda a algunos caminantes errantes de la ciudad que como él no tiene mucho sentido la vida.
Por más de 20 años han existido la temporada de suicidios, unos 5 por año, una cifra bastante alta para un pueblo tan pequeño. Lo que más incomoda es la poca actividad comercial y las noches de soledad, quizá por eso la gente opta por no vivir más.
José camina con Rosalinda por la playa, sus pies descalzos y la arena mojada detallan la caminata de 2 km que han hecho. Hablan de irse, de irse lejos a donde todo sea normal y no tengan problemas.
Un día de invierno, José y Rosalinda están preparados para irse de viaje, nunca más volverán a ese sitio. No serán parte de las estadísticas.
Hoy están en Paris viviendo en un apartamento muy pequeño en donde apenas caben los dos. En paris la gente no se suicida peor viven los tormentos y penas de las grandes ciudades. Hubiese sido preferible haberse quedado en aquel pueblo. Pero ya es tarde.