Cuando se mudaron juntos les fue todavía mejor, cocinaban alegres y se repartían las labores domésticas mientras se empapaban de cultura emergente. Aunque sus familiares y amigos les reclamaban más tiempo, lo que ellos querían y necesitaban en la vida ya lo tenían.
Como laboraban en diferentes horarios, Ifigenia dejó su trabajo para esperar todos los días a su marido y recibirlo con cariño; ambientaba la casita a diario para una ocasión especial y servía platillos exquisitos, la velada culminaba en la cama a veces cubierta con pétalos de rosas, incienso quemado o lencería sin encajes como le gustaba a él.
En ocasiones por la mañana, Ifigenia se abrazaba con fuerza a su amado y le pedía cariñosamente que no fuese a la oficina, que se quedara con ella, a lo que Joaquín accedía con el corazón hinchado de alegría, recibiendo un baño de besos y abrazos en el cuerpo ¿Cómo decirle que no a un ángel?
Pero estas faltas se hicieron tan continuas que al pobre lo despidieron. El matrimonio no le prestó mucha atención porque juventud, preparación y experiencia en el campo laboral no les escaseaba a ninguno.
Pero los días pasaron y nunca salieron siquiera a buscar trabajo, estaban tan satisfechos de poder compartir tanto tiempo con su pareja que muchas cosas se les borraron de la cabeza. Todavía tenían una buena reserva de alimentos en la despensa, pero Ifigenia dejó de cocinar paulatinamente las tres comidas, con tal de estar al lado de su esposo la nutrición se redujo sólo a desayunos mal cocidos, pero esto por supuesto tampoco les afectó.
Cuando alguien les llamaba no contestaban. En algun punto dejaron de salir de la habitación, incluso de la cama: pasaban horas amándose, conversando o simplemente viéndose a los ojos... ese sentimiento tan poderoso que los unía les hacía prescindir de cosas materiales como el alimento o las relaciones con el mundo exterior.
Pronto sus huesos empezaron a notarse bajo las carnes.
Un día encontraron sus cuerpos petrificados sobre el colchón, estaban abrazados y aún se les notaba que sonreían en sus últimos momentos.
Por Jesús Pulido. Gracias por leer.
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