El apartamento era como se lo habían descrito: grande, blanco, amoblado.
Un cuarto de hotel sería mejor. Al menos ya sabría que las cosas no me pertenecen y no esperaría nada de ellas. En cambio, aquí todo habla de otra vida que no es la mía; otro orden, otras manías. Hasta el mismo aire parece contaminado por otra personalidad y otra voluntad. Pero, para qué discutir. La gente se ofende. Ayudar al necesitado. Yo soy la necesitada.
Depositó la maleta y el bolso de viaje en el piso y, con las llaves aún en la mano, avanzó hasta las cortinas que cubrían la ventana del balcón, corriéndola con un solo movimiento del brazo. La luz de la mañana transfigurada por los objetos de cristal sobre una mesa de patas cortas. Un cenicero. Un florero de muchas facetas. ¿Cuándo trajeron estas flores? Capullos rojos. Pequeños objetos inofensivos alimentándose de la luz débil y triste. Se dejó caer en un sillón; pasó la mano sobre la mesa buscando con automatismo de muchos años señales de polvo.
En la casa siempre había polvo, una fina capa que se renovaba continuamente por más que limpiara. La culpa era del solar al lado. Nunca construyeron nada allí, y los niños del barrio lo tenían como campo de juegos. El viento arrastraba el polvo hasta la casa, todo el día y la noche.
Cerró los ojos y sintió los músculos del cuello y la espalda tensos como para un combate con un enemigo más fuerte que ella.
Pudiera hacer el camino inverso. Atravesar el umbral, cerrando cuidadosamente la puerta. Caminar por el pasillo blanco con puertas a derecha e izquierda. Nueve pisos más abajo, el ascensor me depositaría en un vestíbulo que a su vez conduce a la calle donde comienzan a abrirse las panaderías y en la que todavía perduran restos de una lluvia pasada, pequeños charcos, hojas caídas y trocos húmedos. Si pudiera regresar, pero no hay dónde. Ningún lugar no es un lugar.
Vació la maleta y el bolso y acomodó en gavetas y armarios su contenido. Revisó la nevera y la despensa. Comida suficiente. Al menos, no moriré de hambre.
Luego durmió hasta pasado el mediodía.
En la tarde vagó por la ciudad durante bastante rato, dejando que los cambios de humor la guiaran, internándose por calles y avenidas sofocadas por el estruendo e los automóviles, deteniéndose sin ver frente a vidrieras de tiendas escandalosas. Ropas para damas, caballeros y niños. El mejor regalo: una joya de Tyfani’s. ¡Usted puede tener una enfermedad venérea! Visite México. Palabras que resbalan sobre su mente como el agua de un río sobre las piedras. Desconcertante percepción de lo trivial. El cinturón rojo de esta mujer, el zapato azul de aquella. Una corbata mal anudada. El rostro feroz de ese hombre, que parece gritar de soledad. ¿Acaso lo escucho o solo imagino en otro mi propio grito, mi lobo aullante, sangrante, mal herido?
Una nube de humo se elevó hacia el cielo, vomitada por un autobús. Como una respuesta, espesa de lluvia, cubrió el sol. La mujer se refugió bajo un toldo junto a muchas otras personas mientras gruesas gotas resbalaban por las paredes de los edificios hasta el suelo formando pequeños arroyos sucios. Otros grupos de personas llenaron las tiendas. Rostros desconocidos, indiferenciados, como las caras vistas en un sueño. Ella había conocido gente en esta ciudad; vivió largos años aquí; ¿dónde estaban?
Esa misma noche despertó con una sensación viscosa en los dedos, tratando de recordar algo: un sueño o un nombre. Era algo trivial y triste, alguna desgracia sin importancia. Sobre la mesa de noche la esfera luminosa del despertador marcaba las tres y media. Completamente desvelada, cobró repentina conciencia de lo insoportable que era estar con los ojos abiertos y apenas lograr ver el reloj con sus números que nada significaban. Se levantó, su cuerpo blanco y desnudo brilla en la oscuridad. Espectro de mí misma: ojo irreal o acaso premonitorio: mi cuerpo difuso, indeterminado, confundidas sus fronteras y las de la noche; “todos entramos a lo oscuro”, recitó en voz baja.
Desde el balcón contempló las luces de la ciudad; una brisa intensa y fría azotó su cuerpo y los cabellos se le agitaron en torno al rostro.
2
El encuentro era un fracaso. Después de mucho insistir con secretarias y telefonistas, había logrado comunicarse con una amiga que ocupaba un alto puesto en un ministerio. La sorpresa y la emoción sonaron genuinas en el teléfono, y quedaron citadas para el día siguiente. Comerían en un restaurant pequeño que visitaban cuando estudiaban en la universidad.
El camarero colocó los platos con manos largas y húmedas, sin emoción. Ella imaginó que esos dedos jamás habrían tocado algo con amor u odio; eran largos y amarillos, corriera cera en vez de sangre. Las manos se agitaron nuevamente frente a su cara, deferentes, al tiempo que dejaban sobre la mesa platicos con mantequilla y vasos de agua.
La amiga hablaba de viejas cosas. Los descubrimientos, los asombros de la vida estudiantil, las amistades absorbentes, que reclamaban todo, era como el rumor apagado de un río lejano; las figuras que se movían en ese escenario no eran reales, sombras de sombras.
Cortaban la carne y el pescado, tomaban vino, arrastraban a los viejos amores hasta esa mesa perdida en el tiempo. Pero nada era real. Miró a su amiga, en una pausa entre recuerdo y bocado. Sus ojos se han vuelto oscuros, como los de un animal con miedo. Yo también tomo su miedo. El miedo de los demás es un torbellino que nos arrastra sin que nos demos cuenta. Pero ¿no es mi miedo lo que veo en sus ojos?
El camarero retiró los platos. Era un hombre cansado.
Ahora que la comida había terminado, sin excusas para los recuerdos, sin excusas para reír y olvidar, el miedo oscuro agazapado en los ojos de la amiga de la mujer afloró con nueva fuerza. La mujer lo imaginó como una masa azul y viscosa que inundaba todo el recinto y ahogaba a los comensales.
Surgió entre ellas una pequeña y sórdida historia de maridos y amantes. De psiquiatras y niños. Celos profesionales. Las confidencias fluían con fuerza de río crecido, arrastrándolo todo. Residuos de vida, pegajoso y pestilentes.
¿Por qué debo escuchar? El inhóspito apartamento la atraía. Necesito tocar algo que no me recuerde nada, un objeto frío y muerto, insensible a mis preguntas, a mis recuerdos. A mi vida. A las derrotas propias y ajenas. Su amiga continuaba hablando como quien no dice nada. Casi sonriendo. Casi amorosa con sus desgracias. Obligada a cargar con su vida, con su historia, enarbolándola como una bandera en una batalla inútil, convencida de la inevitable derrota. Sin esperar recompensas. Perdida toda esperanza de redención y honor.
Cuando regresó, el edificio estaba convulsionado. Personas entraban y salían y hablaban agitando mucho los brazos. En el ascensor que la condujo a su piso, escuchó la palabra “muerte”, pero no le trajo ninguna imagen. El silencio parecía haberse hecho en su interior. Como si una burbuja limpia y fría naciera en su pecho y fuera creciendo hasta ocupar los antiguos lugares donde antes resonaban todas las cosas. En el espejo de la caja metálica vio su rostro: extraño, los ojos perdidos en pensamientos demasiado fugaces para dejar rastro alguno, la boca un trazo sombrío.
El apartamento frente al suyo –ya podía comenzar a considerarlo de ella– estaba abierto y ahí se concentraba la agitación. Muchos hombres, algunos de gesto autoritario y hostil y otros blando y escurridizos, que semejaban sombras. Nadie le impidió entrar. La sangre manchaba el piso y las paredes, sobre los muebles. Otro hombre tomaba fotografías de un bulto caído sobre la alfombra. Se acercó y miró. Alguien la golpeó con fuerza en el hombro. Una muchacha, no más de veinte años, había cortado sus muñecas. Una mueca de dolor o terror desfiguraba su rostro.
Mientras regresaba a su apartamento se preguntó si alguna vez hubiera llegado a cruzarse con ella en el pasillo, pero eso no lo llegó a saber jamás.
Gracias por su lectura