En una tarde de otoño, sopla una brisa fresca, desprendiendo las ocres hojas de los árboles de la ciudad. Se van juntando en la vereda, moviéndose de acá para allá, al son de una inaudible sinfonía.
Una de esas hojas, igual a cualquiera de sus hermanas, tarda un poco más en desprenderse, como si quisiera aferrarse a una última esperanza. Esfuerzo inútil, ya que la brisa la suelta de su rama, y esta hoja, dando vueltas como bailarina de un ballet natural, se eleva un poco y luego cae, enganchándose involuntariamente en el parabrisas de un automóvil, y, cual si fuese un polizonte, emprende un paseo por las calles de la ciudad, refrescándose y tomando aire de zonas desconocidas.
Al doblar en una esquina, es despojada violentamente de su improvisado vehículo. Dando cabriolas parece que al final caerá, cuando de pronto aterriza (por así decirlo) en el sombrero de una dama ya mayor pero elegante y simpática, que no nota su presencia y que, junto con otras de su misma especie, ingresan a un parque cerrado donde una orquesta sinfónica ejecuta una magistral obra de Mozart.
La señora retira el sombrero de su cabeza y advierte con sorpresa la hoja que ha dado un viaje gratis, y lo sacude, dando ésta una vuelta en el viento otoñal, y finalmente se dispone a caer a la tierra del parque.
Pero quiso la suerte que un segundo antes quedara enganchada en el dobladillo del pantalón de un caballero, que luego de aplaudir cortésmente a la Orquesta Sinfónica Juvenil de Calamuchita, se retira a pasos apresurados con la hoja a cuestas hasta su casa.
El susodicho elemento vegetal encuentra al fin reposo aparente sobre el parquet del living. Donde luego de algunas horas es recogida y observada con desmesurada curiosidad por un niño, quien después de manosearla y de jugar un poco con ella sale al patio trasero y se acerca a su padre, el cual le ordena que la arroje al fuego de la parrilla. Un minuto más tarde, mientras ven quemarse la hoja y volverse cenizas, el hombre grita:
_ ¡Negra, trae lo chori que el fuego está listo!