Lo observé llegar desde la ventana de mi dormitorio, mientras se iba acercando con su bicicleta.
Completamente vestido de negro, coronando su figura con una lustrosa galera que lo hacía más grande aún.
Era flaco y huesudo, de pómulos marcados. Llevaba unos guantes puestos pero que no le cubrían los dedos.
Desmontó su bicicleta con un atlético salto y revisando un papelito que llevaba en el bolsillo de su camisa negra, tocó timbre.
¿Quién es? – pregunté sabiendo perfectamente la respuesta.
–¡Buenos días! Soy el deshollinador – respondió con una voz cantarina y simpática.
No me animé a darle la mano.
Su aspecto era agradable pero parecía que venía de realizar otro servicio.
Sus manos estaban tiznadas de negro y llevaba algunas marcas de hollín en la frente y en uno de sus huesudos pómulos.
Lo hice pasar por el jardín.
Estacionó su bicicleta al lado de la parrilla.
Llevaba un atado de cañas con rosca en tramos de dos metros.
Un enorme cepillo circular de unos sesenta centímetros de diámetro y uno más chico de unos veinticinco conformaban ese atado.
Dos alforjas de cuero caían a cada lado de su rueda trasera y parecían contener muchas herramientas porque, se las veía rechonchas y abultadas, pero de impecable prolijidad.
Sobre la rueda delantera llevaba una parrilla-portaequipaje que sostenía una jaula vacía.
– Cuénteme ¿que le anda pasando? – dijo sonriendo mostrando unos dientes blancos y perfectos.
–Me mudé en julio a esta casa y ahora que empezó a hacer un poco de frío se me ocurrió prender la chimenea con la desagradable sorpresa de que llené la casa de humo. Supongo que debe haber un problema en el ducto, porque tiene al costado un regulador de tiraje que aparentemente funciona, pero el problema debe venir de más arriba– le dije en una apretada síntesis.
¿Está con trabajo?– le pregunté con curiosidad.
¡Muchísimo! Son las dos de la tarde y usted es mi tercer cliente en lo que va del día. No he tenido tiempo de almorzar aún y de acá tengo dos servicios más. Y así todos los días. Estoy pensando en decirle a mi hijo que abandone la carrera de ingeniería para que siga con esta empresa familiar de la que soy la tercera generación –dijo con total seriedad, sacándose la galera que apoyó sobre la mesada de la parrilla.
Me costaba creer lo que me estaba diciendo. Se me cruzó por la cabeza echarme atrás y cancelar inmediatamente la contratación de este personaje, que parecía con sus facultades mentales alteradas, pero no se me ocurrió ninguna excusa fundada que justificara rescindir de sus servicios. Creo que mi curiosidad por descubrir que elementos llevaba allí dentro me hizo seguir adelante.
–Tendría que subir al techo– dijo.
Eso tenía lógica. Renové mis esperanzas.
–La vi como cuarenta veces. Me encanta. Pero en la película Bert no usa galera sino un gorro con visera. ¿La vio? Es viejísima, de 1964.
Y estirando su sucia mano me dijo: –Me llamo Bert. En realidad me dicen Bert pero me llamo Alberto.
“Chim chimenea, chim chimenea,
chim chim cheró, es tipo de suerte el deshollinador. Chim chimenea, chim chimenea,
chim chim cheroy,
Mi suerte tendrán si mi mano les doy.”
–Así iba la canción. Es un dicho popular que estrechar la mano a un deshollinador traerá suerte. Aproveche… ¡Vamos!
–Encantado Bert, soy Carlos, mejor dicho Charlie– le dije apretando su mano.
–Le cuento Señor Charlie lo que debe estar ocurriendo. Cuando se construye una chimenea se lo hace por fuera. Nadie se mete en el ducto para ir poniendo los ladrillos, lo van haciendo por fuera y el exceso de carga de cemento en la juntas hace que sobresalga y quede en la chimenea. Sobre esas juntas se empieza a acumular el hollín y se llegan a formar unas pelotas del tamaños de una piña. También, dependiendo de la madera que usa, si es resinosa como las de las coníferas, se va haciendo una capa de resina que es altamente inflamable y con el tiempo le puede provocar un incendio en la casa. Pero si lo que usted está padeciendo es que se le llena el interior de humo, se trata de una obstrucción en el tracto.
Me resultaba increíble como este señor me devolvía al mundo de los cuerdos con igual velocidad de la que me había abducido al de los absurdos. Seguí confiando.
Abrió sus alforjas. Tomó una larga cadena de diez metros. –Esta no la vamos a usar porque es para remover la resina– me dijo.
Sacó como una toalla enrollada que desplegó y se convirtió en un bolsón de lona– Esto lo voy a poner en el hogar, para que junte la porquería que vaya removiendo y no le ensucie el living– dijo mientras seguía sacando cosas – Ah… ¡Acá estabas! Tomó un bolso plano redondo de terciopelo rojo y de su interior un espejo del tamaño de un plato y otro más pequeño.
–Esta es la herramienta principal del deshollinador. El espejo. Direccionando de donde viene el sol colocando un juego de espejos puedo iluminar el interior del ducto con la fuerza del sol que es mucho mayor que la de cualquier linterna. Con esto veo, las incrustaciones de hollín, las fisuras, las grietas, todo.
¿Y la jaula vacía?- pregunté con intriga.
–Más de una vez, la causa de la obstrucción es un nido de pájaro. Uno nunca sabe lo que se va a encontrar. Yo siempre la traigo conmigo. Ayer la usé.
–¿Puedo pasar a colocar el recolector de residuos en el hogar?– preguntó decidido a empezar el trabajo.
–Sí. Por supuesto. Por acá– respondí.
Abrió el bolsón de lona que llevaba dentro una estructura de alambres para mantenerlo siempre abierto, quedando con aspecto de cajón más que de bolso. Lo dejó armado y volvimos al jardín.
De la alforja opuesta extrajo un arnés verde flúo que era hasta ahora el único elemento que lo traía al siglo XXI. Tomó una madeja de sogas de alpinista que se colocó como si fuese una banda presidencial. Finalmente desató el manojo de cañas y plumeros de la bicicleta y se trepó a los techos.
Lo dejé trabajando solo.
Desde el sofá del living monitoreaba su frenética labor mientras escuchaba caer pedazos de carbones que iban llenando la bolsa. Me acerqué para mirar mejor y vi una mata de palitos, paja, hilos y plumas de un antiguo nido. Seguían cayendo cosas amorfas. Algunos pedazos pequeños de mampostería, como había anunciado Bert.
Me asusté cuando vi aparecer el cepillo grande por la boca de la chimenea.
Estaría terminando su tarea.
Volví al jardín mientras Bert terminaba de bajar por la escalera.
–Ahora viene lo mejor– me dijo sonriendo mientras acomodaba sus cosas.
Si tiene un par de bolsas de consorcio vacío mi recolector acá afuera y le saco la basura.
Guardó los cepillos y las cañas y las volvió a atar a su bicicleta. Guardó sus espejos, su arnés y su cuerda.
Volvió a pedir permiso para entrar. Sacó el recolector al jardín que parecía no pesar demasiado pero si ocupar un volumen importante.
–No pesa nada. Es pura pinta– dijo sonriendo nuevamente.
–Usted tiene ladrillo con argolla. Le dije cuando le di la mano que le iba a dar suerte.
–¿Cómo es eso Bert?
–Durante la Segunda Guerra Mundial muchos escondían sus tesoros en el lugar más sucio, oscuro e inmundo de la casa. Aquellos lugares incómodos e inaccesibles. Ante el temor de perderlo todo en mano de los nazis, muchas familias decidieron guardar sus bienes dentro de la chimenea. Usted tiene un ladrillo con argolla. Lo acabo de ver. ¿Quiere verlo?
¡Vamos!– le respondí.
Retiró de su alforja una herramienta nunca antes vista por mi.
–Es un extractor. Lo diseñé yo– me dijo con cierto orgullo.–Es una práctica común a esta altura del trabajo de fijar honorarios, en función de los resultados que se obtengan. ¿Le parece bien diez por ciento?– dijo Bert mientras extendía su negras manos.
–De acuerdo. Nadie la iba a descubrir si usted no venía. Acepto – y estrechamos las manos sellando nuestro pacto.
Volvimos al living, se metió arrodillado dentro de la chimenea. Entendí como trabajaba el extractor. Era como una pequeña mesita, más chica que una caja de zapatos, con cuatro patas rígidas. Del medio de la tapa salía un bulón con un gran gancho con giro libre que iría enganchado a la argolla del ladrillo. Con la ayuda de una manivela, del otro extremo del bulón se iba desenroscando el hasta que se ponía duro y comenzaba la extracción del ladrillo con argolla.
–Ya viene, este está fácil. Acérquese– me dijo.
Algo más de hollín cayó sobre el piso de la chimenea. Bert, desenganchó el extractor de la argolla.
–Está pesada– me dijo, entregándome una caja negra.
Yo no tenía idea de cómo abrirla.
–¿Me permite?– me dijo. Y metiendo la punta de un destornillador en el único agujerito que tenía la caja, se abrió la tapa con un resorte.
–Ahí lo tiene, “chim chim cheroy, mi suerte tendrán si mi mano les doy”. Lo felicito. Son muchas– dijo mientras acomodaba sus cosas.
Me senté a contarlas y verlas en detalle. Sesenta y cuatro monedas de oro con la imagen de LEOPOLD II - ROI DES BELGES de 1875. Todas idénticas.
–¡Que buen hallazgo Bert! Lo felicito. Le corresponden seis punto cuatro monedas.
Salimos juntos al jardín con la caja de monedas. Bert guardó su extractor y su destornillador.
–Tengo una idea mejor. Le daré la mitad de lo que hay en esta caja, pero con una condición– dije esto mientras elaboraba mi plan– Usted hoy se va a llevar, ocho monedas de oro, que es más de lo que habíamos pactado. Durante los próximos tres años, todos los diciembres usted deberá regresar aquí con su hijo y su certificado analítico de materias, donde conste que sigue avanzando en sus estudios de ingeniería. Ocho monedas el año que viene, ocho el posterior y las últimas ocho dentro de tres años. ¿De acuerdo Bert?
–¡Muy de acuerdo y agradecido Señor Charlie!– respondió feliz.
Y guardando sus monedas, se colocó la galera y sonriendo se marchó.