Este movimiento enormemente dispar se ha ido constituyendo como un genuino contrapoder débil pero eficaz. Inasible por las instituciones tradicionales, su fortaleza se derivaría de su liquidez y de su multiplicidad.
La atención que el movimiento francés de los chalecos amarillos –los gilets jaunes– ha suscitado por estos pagos ha sido más bien escasa. Pareciera como si se sobreentendiese, por un lado, que se trata de una iniciativa vinculada estrechamente con la singular realidad del país en que ha germinado y, por el otro, que su destino ineluctable es desaparecer. Sobran las razones, sin embargo, para recelar de esas dos intuiciones que impiden –parece– prestar atención a hechos importantes.