Corrían los años 20 y una hermosa señorita llamada Corina Kavanagh estaba perdidamente enamorada de Aron de Anchorena, un joven menor que ella y perteneciente a una familia “patricia” de la República Argentina.
En la Argentina la nobleza se había abolido en 1813 pero siempre existieron familiar denominadas de la “alta sociedad”, eran hijos de españoles que llegaron temprano al reparto de las grandes extensiones de tierras que por aquellos años eran el principal tesoro del incipiente país.
Lo cierto es que el joven hijo de una de esas familias patricias y por lo tanto pertenecientes a la alta sociedad argentina cortejaba a Corina quien también pertenecía a una familia de dinero pero no de alcurnia, ésta familia era de los llamados “nuevos ricos”. Mercedes Castellano de Anchorena, matriarca del clan, prohibió a su hijo desposar a Corina y éste aceptó dejarla sin oponerse a los mandatos de su madre.
Los Anchorena vivían en un gran palacio frente a la hoy Plaza San Martín, allí residían junto a 150 sirvientes. A unos 200 metros del palacio, mandaron a construir la Basílica del Santísimo Sacramento, una de las iglesias más hermosas de Buenos Aires, la que además utilizaban como sepulcro familiar.
La idea de Mercedes Castellano de Anchorena era adquirir también un solar que se encontraba frente a la basílica para que nadie tapara la vista entre sus propiedades pero cometió un error, se fue de viaje a Europa y Corina aprovechó el momento para comprarlo. Había iniciado su venganza.
Contrató a los arquitectos Sanchez Lagos y De la Torre a quienes encargó la construcción de un imponente edificio, con la sola intención de tapar completamente la vista entre la mansión y la basílica. Era el año 1934.
Para lograr su cometido, Corina vendió tres estancias en Venado Tuerto, provincia de Buenos Aires, y en tan solo 14 meses se construyó un imponente edificio de 33 pisos y 113 departamentos de gran categoría, todos distintos en su conformación. Cuenta con 3 ascensores (hoy en día eso es considerado poco), 5 escaleras, 5 entradas, locales, estacionamiento, pileta de natación, taller de lavado y planchado, cámara frigorífica para pieles, central telefónica y depósitos de seguridad. Era toda una novedad en la época y este edificio fue por varios años el más alto de Sudamérica.
El objetivo fue totalmente cumplido y la basílica solamente se puede ver en todo su esplendor desde el pasaje que corre entre el edificio y el Hotel Plaza, como desgracia adicional para la familia Anchorena, el nombre del pasaje es Corina Kavanagh.
Ya no quedan Anchorena en el palacio el cual pasó a ser sede de la cancillería argentina y tampoco quedan Kavanagh en el fastuosos edificio, solo están las construcciones como mudos testigos de una venganza por un amor despechado.
Sin embargo hay quienes aseguran que la tan mentada rivalidad entre ambas mujeres está inflada por la leyenda, no se puede dejar de comentar que Mercedes Castellano de Anchorena falleció en la década de 1920 y el edificio terminó de construirse en 1936.
Pero como dicen, cuando faltan exactitudes, buenos son los mitos.
Edificio Kavanagh en la actualidad
Héctor Gugliermo
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