En el año 1972 Buenos Aires tuvo un inaudito privilegio, fue elegida para ser sede del desarrollo del match entre dos de los más grandes ajedrecistas del momento y probablemente de todos los tiempos, para determinar cuál de ellos sería el desafiante del campeón mundial, a la sazón el ruso Boris Spassky (Borís Vasílievich Spaski). Esos dos contrincantes eran el armenio representante de la URSS Tigran Petrosian y el norteamericano Robert “Bobby” Fischer.
Fisher vs. Petrosian en Buenos Aires
Petrosian había sido campeón mundial por 3 años y derrotado justamente por Spassky, el actual monarca. Fischer era una estrella, dueño de records increíbles y el de mayor ELO (ranking con el que se mide a los ajedrecistas) en todo el planeta, 19 partidas ganadas consecutivamente.
Todos los diarios del mundo hablaban del gran match y por supuesto especulaban con una gran final entre el norteamericano y el ruso.
En este alejado rincón del planeta la fiebre del ajedrez capturó a todo el mundo, especialmente a los jóvenes, y yo fui uno de ellos. Seguíamos las partidas por la televisión y por los diarios, muchos se aproximaban hasta el lugar del encuentro donde en un gran tablero se colocaban las piezas y los movimientos para que la gente no se perdiera ningún detalle de cada partida. Algunos llevaban sus propios tableros y reproducían las jugadas y hasta intercambiaban opiniones con sus ocasionales vecinos de silla.
Comprar libros y estudiar, juntarnos con los amigos a revisar partidas y resolver problemas que algunos diarios incluían. Todo lo hacíamos para mejorar en el juego y entender lo que estaba sucediendo en el mundo ajedrecístico y en ese match en particular. Recuerdo visitar frecuentemente una librería especializada en libros de ajedrez que estaba ubicada en un pequeño local de la Av. de Mayo, muy cerca de la calle Perú y lindante con la sastrería Modart. Creo que las ventas de aquel tiempo le permitieron sobrevivir varios años.
Bobby Fisher era una persona con dificultades para las relaciones sociales, caprichoso, impredecible. Para el match solicitó una serie enorme de requerimientos antojadizos de todo tipo, el sillón donde se sentaría a jugar, el alojamiento, la comida, el trato con el periodismo y muchas otras cosas delirantes.
Todo eso, en vez de provocar la la antipatía del público, muy por el contrario acrecentaba su imagen de “niño rebelde” y lo ubicaba en la categoría de superhéroe que iba a derrotar al imperio soviético. Claro que en toda esta diatriba existía una gran influencia de la propaganda norteamericana, por supuesto que nosotros no lo comprendíamos en ese entonces.
Finalmente el match se realizó y ganó Fischer por paliza, como todos suponíamos. Ahora vendría el desafío al campeón mundial y toda la Argentina se esperanzó en que se repetiría la sede, sufrimos una gran decepción cuando definitivamente se eligió Reikiavik, capital de Islandia para llevarlo a cabo.
Pero el germen del fantástico juego quedó inoculado en la mente de los jóvenes de aquella época.
A mí particularmente me atrapó fuertemente el nuevo hobby pese a que el trabajo que iniciaba poco tiempo después y mis estudios en la facultad no me dejaban demasiado tiempo para dedicarle. No obstante ello muchos viernes luego de mis obligaciones pasaba por la “Richmond”, una confitería notable de Buenos Aires que en el subsuelo tenía un salón con billares de gran calidad y otro sector con tableros y relojes para jugar ajedrez.
Allí conocí al Gran Maestro Internacional polaco Miguel Najdorf, a quien la segunda guerra mundial lo encontró representando a Polonia en las olimpíadas que se desarrollaban en nuestro país y se quedó a vivir. Al poco tiempo se nacionalizó y nos representó con gran éxito en varias otras olimpíadas de este deporte.
El “viejo” como cariñosamente le llamaban los habitué del lugar, jugaba por dinero. Partidas rápidas donde al contrincante le daba 7 minutos en el reloj y él se ponía 1. Si, un solo minuto. Jamás le vi perder una partida.
Otro habitual concurrente a ese santuario del ajedrez era el Gran Maestro Internacional argentino Oscar Panno, había otros grandes jugadores pero no recuerdo sus nombres. Existe una variante de la defensa siciliana desarrollada por Najdorf que lleva su nombre y también una variante de la apertura india del rey desarrollada por Panno. Esa era la calidad de jugadores que frecuentaban la querida Richmond.
En ese lugar adquirí ciertas habilidades para las partidas rápidas (era común jugar partidas con 5 minutos para cada jugador para desarrollarla completamente), algo que sirve y mucho en las partidas normales cuando se consumió la mayor parte del tiempo disponible pensando y queda poco para llegar al límite establecido de cantidad de jugadas.
Unos años después aún me duraba el entusiasmo y con el equipo sin ranking del Banco Hipotecario Nacional salimos campeones en el torneo interindustrial que se disputaba cada año en el imponente edificio de la Unión Industrial Argentina ubicado en las Catalinas Norte, muy cerca del Sheraton Hotel y la Plaza San Martín. Yo jugué como cuarto tablero (no me daba para más) y tuve la suerte de ganar el premio individual al que más puntos cosechó en esa ubicación en el torneo, colaborando de esa manera en la obtención del máximo galardón por equipos. En algún rincón de mi escritorio tengo todavía los trofeos y las fotos de ese momento de gloria ajedrecística.
Bobby Fischer ganó el título derrotando a Boris Spassky pero nunca lo defendió y se lo quitaron. Spassky que era un gran ajedrecista no se lo recuerda por ello sino porque perdió el título con un norteamericano por primera vez en la historia.
Donde estaba ubicada la librería especializada en ajedrez hoy hay un local de comidas rápidas, la sastrería Modart no existe más y en su lugar hay un comercio de una franquicia de farmacias. La confitería Richmond, lastimosamente, fue vendida y en el local se comercializan artículos deportivos. Ignoro si el torneo interindustrial se sigue desarrollando.
Con el correr de los años yo también fui perdiendo el entusiasmo y hoy solo es un gran recuerdo que le debo a aquellos grandes campeones que pasaron por aquí.
Héctor Gugliermo
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