
Sus obras no fueron escritas para un lector común; él demandaba de uno enciclopédico, de mente abierta para ideas genuinas y poco trilladas, amante de la estética, de las voces históricas, pero no de aquellas frías y cerradas hacia lo subjetivo, sino de aquellas que sintieran su momento histórico y cultural desde una perspectiva contestataria.
En su libro Homo Ludens, publicado en 1938, aborda el juego como un fenómeno de la cultura. Por lo tanto, lo concibe como “una función humana tan esencial como la reflexión (homo sapiens) y el trabajo (homo faber)”.
En su disertación teórica, Huizinga expone cuatro interesantes carácterísticas sobre el juego; estas son:
1.- El juego es “libertad”: Jugamos cuando queremos y lo que queremos. ¿Pero es esto cierto? Sí y no. A veces los niños tienen deseos de jugar un determinado tipo de juego, y los otros niños no desean jugar ese, sino otro. Esto pudiera conducir a pugnas o enfrentamientos entre los niños, pero resulta que, por lo general, no es así. El niño suele ceder y negociar con la mayoría y se acoge a lo que estos decidan, si realmente tiene deseos de jugar en grupo. En este sentido, el juego es libertad, en tanto es deseo individual; pero deja de serlo cuando el juego exige la presencia de otros. Sin embargo, hay juegos en los que los niños no necesitan de esos otros, y en estos casos si se puede afirmar que es libertad.
Dentro del campo del juego existe un orden propio y absoluto. Crea orden, es orden. Lleva al mundo imperfecto y a la vida confusa a una perfección provisional y limitada. El juego exige un orden absoluto.
Es claro el planteamiento de Huizinga de considerar al juego como escenario perfecto de convivencia si se compara con la realidad extra-juego, plagada de imperfecciones y desatinos. Así, por ejemplo, quien desee formar parte de un juego colectivo tendrá que aceptar las normas, reglas y condiciones que se exijan. Cualquier violación a las mismas genera sanciones. Si se compara esta “realidad intra-juego” con la “extra-juego” se confirmará la idea de que en este reina un mundo perfecto, en contraste con lo que ocurre fuera de él.
Otro elemento clave que surge en medio del juego es “la tensión”. Al respecto, Huizinga señala lo siguiente:
En esta tensión se pone a prueba las facultades del jugador: su fuerza corporal, su resistencia, su inventiva, su arrojo, su aguante y también sus fuerzas espirituales, porque en medio de su ardor para ganar el juego, tiene que mantenerse dentro de las reglas de lo permitido en él.
Pero no todos los jugadores están dispuestos a acoger y respetar las reglas, surge así el irreverente, el “atrevido”, el retador; el que decide que esas reglas y normas no se acogen a sus intereses. Por lo general, este jugador necesita del respaldo y apoyo de otros, necesita aliados, otros que lo acompañen en su rebeldía; si esos otros no están, él pasará de jugador a “aguafiestas”, pero si están, el juego se regirá por nuevas normas. Esta característica, permite citar a Karl Groos, quien decía, apoyado en la teoría de Darwin, que en el juego sobrevivía el más fuerte. Esta postura de Huizinga es bien polémica y deja mucho para la reflexión y el análisis. Pero como en este post, tenemos como objetivo exponer sobre las características del juego, según el citado autor, es conveniente pasar a la segunda.
2.- El juego es un “como si”: Esta característica es bien interesante, pues habla de la “teatralidad” y del “cambio de roles”: Jugamos a ser grandes, a ser médicos, a ser policías y ladrones, a ser deportistas reconocidos. Y en todos estos juegos y cambios de roles hay mucho de parodia y de bromas. Pero hay también mucho de “verdad”, de ideas sobre las que se va asentando una personalidad. Estos juegos de imitación están muy marcados por el entorno. Lo que el niño observe lo tenderá a reproducir como si de una carga genética se tratara. En tal sentido, debemos estar atentos a lo que los niños juegan, pues nos aportan gran información sobre lo que en futuro desean ser.
Hasta la próxima
Huizinga, Johan (2000) Homo Ludens. Alianza Editorial, Madrid.
* (Carlos Acosta). Entrenador de Gimnasia Artística. Actor. Tallador de madera. Escritor. Autor de los libros: Me estoy tranquilo (1991) y Chacho: El cuento de una novela prometida (2015).