Quiero dejar con ustedes unos ejercicios narrativos que he estado realizando gracias a una visita que hice hace mucho mucho tiempo a una clase de Castellano y Literatura que era atendida por mi madre en un liceo de la población de Santa Fe, estado Sucre, y donde escuché a los estudiantes narrar algunas experiencias que ellos aseguraban haber vivido. No he guardado los datos exactos ni los nombres de los protagonistas reales de esta vivencias pero, de algún modo, supongo que es mejor pues las he modificado un poco para fines literarios.
Los iré dejando sucesivamente por aquí, en este maravilloso universo que habitamos.
Dejen sus comentarios.
Almas en pena
Uno de los señores que estaban ahí, hizo una mueca que para mí, en ese momento no tenía sentido, se quitó su sombrero y comentó:
<<Hace mucho tiempo atrás, cuando yo tenía como nueve años, estábamos recién mudados aquí en Santa Fe y vivíamos en un ranchito. Allí siempre se escuchaban cosas raras. Me explico: se escuchaban niños riendo y llorando.
Un día yo me acosté a dormir con mi hermano mayor. Esa noche, como a las once, me paré a orinar y escuché a un niño riéndose. Me asomé por un hoyo del zinc y vi a un niño y me asusté bastante. Salí corriendo y me acosté. Me arropé de pies a cabeza pero, como seguía muy asustado, levanté a mi hermano y le conté lo ocurrido. Él me dijo que rezara y recé.
A la noche siguiente, sucedió lo mismo pero yo no fui a orinar ni me asomé por el agujero de la lámina, sino que el niño o niña -no sé qué era- estaba volando cerca del techo, casi a ras de él, y luego vi a una señora y a un señor que lo llamaban a él -o ella-; luego el bebé me llamaba a mí y yo, sin poder contenerme, empecé a llorar.
Todos en la casa se levantaron y me preguntaron: -"¿Qué te pasa?", pero no podía hablar porque, aunque habían encendido las luces, seguía viendo a esas personas.
Mi mamá me echó agua bendita y empezó a rezar conmigo. A la mañana siguiente me llevaron a santiguar. La señora que me santiguó le dijo a mi mamá que esos eran los campianitos o chinamitos o duendes -como los llamen- y que le aseguró me querían llevar y, según la señora, todo eso ocurría porque yo no estaba bautizado.
No hace mucho, me crucé en el mercado con esa señora que me santiguó y, para mi sorpresa, me reconoció y me dijo nuevamente que yo tenía que bautizarme porque mientras yo esté así sin bautizar iba a seguir soñando cosas raras.
Desde aquella noche, y cada noche, he seguido viendo en sueños y también en la vigilia, cosas raras, sobrenaturales. Todas extrañas para mí.>>