Juegos de palabras /
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Lúdica para desarrollar competencias y habilidades
El entorno idóneo de desarrollo del infante y del adolescente ha de ser un ambiente esencialmente lúdico. El juego condiciona los primeros pasos del niño y se convierte en el motor que dinamiza su vida hasta su juventud temprana, ya sea para satisfacer su necesidad de recreación, bien como un mecanismo natural de aprendizaje y desarrollo cognitivo, o como estrategia de socialización y sensibilización. Sabemos que nuestras primeras experiencias y aquellas más importantes para relacionarnos con los otros las adquirimos en contacto con ese ambiente eminentemente lúdico: a través de los juegos de manos, juegos de palabras, las canciones infantiles, los juguetes de cuna y corral, los cuentos, las adivinanzas; cuando ya estamos más creciditos vienen los carritos, las muñecas, los legos, los tacos, los rompecabezas; y más adelante le siguen los juegos de pichas o metras, el trompo, los voladores o papagayos, los yo-yos, gurrufíos (que incluso marcaron una época ya pretérita); en nuestros días son más comunes el game boy, el play station, el wii, ds, psp, juegos en línea y en red; en la adolescencia hay mayor interés por los deportes en equipos o juegos colectivos. Estos mecanismos de recreación y socialización son tan necesarios que ocupan un tiempo importantísimo en nuestro quehacer diario. Desde luego, esta dimensión lúdica está presente en la relación de los sujetos con la palabra; incluso en la lista de juegos que acabamos de elaborar muchos de los incluidos tienen un componente verbal dominante.
Palabras para jugar | Posibles usos en la escuela
En el uso cotidiano de la lengua –más allá de su función comunicativa primordial– se ponen de manifiesto distintas formas verbales con las que las personas se relacionan, e interactúan entre sí como miembros de un grupo social; son formas que están consustanciadas con el juego, y que, por ejemplo, afianzan los lazos afectivos entre los seres humanos (piénsese en el caso del chiste) o le permiten tener acceso al saber heredado de la tradición (como ocurre con el refrán), y que cumplen otras funciones importantes para el grupo. De allí que sean determinantes en la dinámica de relaciones culturales, o, mejor dicho, es la médula misma de la cultura. También hay ciertas formas más elaboradas y elevadas del juego –que describiera Johan Huizinga en su ya clásico Homo ludens–, que responden a una estructura, se ejecutan en un espacio determinado, con unas reglas propias, es un escape a la realidad, la participación es libre, voluntaria, y brinda la posibilidad de ser repetido, y suelen formar parte de nuestra cotidianidad durante la infancia y la adolescencia.
Si bien a los primeros pudiésemos llamarlos «textos lúdicos», los segundos cabrían bajo la genérica denominación de «actividades de juego». Es clara su diferencia estructural, a pesar de que es innegable su vínculo profundo con el juego y lo lúdico, que a su vez es el atractivo que permitiría justificar su aprovechamiento en el aula de clases, el gancho para atraer el interés de los estudiantes. En mi ejercicio docente he evidenciado que estas dos formas conviven y se hace uso de unas y de otras casi de manera intuitiva.
En el caso de los «textos lúdicos» se trata de construcciones verbales en las que el lenguaje juega consigo mismo e involucran al lector para que forme parte de ese juego, de manera que se produzca la interpretación y la elaboración de significados. Entre estos textos lúdicos podemos incluir: el acróstico, la adivinanza, el anagrama, el caligrama, la canción de cuna o de arrullo, el chiste, la greguería, la jitanjáfora, el lipograma, el minicuento, el palíndromo, el pangrama, el refrán, la retahíla, el retruécano, el trabalengua. De lo anterior se desprenden dos rasgos fundamentales: su orientación textualista, es decir, los textos son el centro y punto de partida en cualquier actividad que se proponga para su trabajo en el aula; y, por otro lado, se prevé un papel activo y participativo de los estudiantes con los cuales se trabajará. Estos aspectos me permiten recomendarlos como una excelente opción para su abordaje en el aula de clases.
De esta manera pueden ser una herramienta útil para el docente interesado en desarrollar en sus estudiantes habilidades y competencias de dominio en el área de lengua, en especial en el manejo y la (re)elaboración de significados, en la comprensión textual y la interpretación como herramienta imprescindible para el intercambio del niño con sus semejantes y su entorno sociocultural, cualidades mucho más exigentes en la era de la interconectividad electrónica, de redes sociales y de comunidades virtuales.
Cualidades didácticas de los textos lúdicos
El juego es la dimensión que nos permite conjugar las particularidades textuales y las necesidades del infante. Dicho de otro modo, el juego facilita la construcción del andamiaje que posibilita nuevos aprendizajes y experiencias que potencian las capacidades de los estudiantes en su contacto con estas piezas textuales. Y esto es así porque el componente lúdico que explotan estas modalidades nos permiten movernos en el ámbito de una relación a partir del placer, de la diversión, del entretenimiento, que garantizan su éxito en el trabajo con niños y en el aula. Ya se sabe de las ventajas derivadas del énfasis puesto en el placer del juego, de la actividad en apariencia trivial y sin intenciones instruccionales, a pesar de lo cual surten un «efecto colateral» en el estudiante que asume la experiencia del juego de palabras, del lenguaje que llama la atención sobre su propia forma y estructuración y a la vez apela al receptor, apuesta a su participación activa y dinámica. Este contacto termina produciendo una transformación en el infante, en su manera de relacionarse con el lenguaje, al producir nuevos significados y lecturas, al dinamizar el proceso de comprensión y al dar lugar a diferentes interpretaciones a partir de las sugeridas por el texto.
(Reinaldo Cardoza Figueroa)* (Cumaná-Venezuela, 1984) es narrador e investigador de la literatura latinoamericana. Licenciado en Educación mención Castellano y Literatura egresado de la Universidad de Oriente y Magíster en Literatura Latinoamericana de la Universidad Simón Bolívar, Caracas. Profesor de la UDO-Núcleo de Sucre de Literatura Latinoamericana; también ha trabajado en el área de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Algunos de sus cuentos aparecieron en la Antología de jóvenes narradores sucrenses (2008). En 2011, resultó ganador del IV Premio Nacional Universitario de Literatura, mención Narrativa, por el libro de cuentos Bosque salvaje (2012).
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