¡Aquí no se ríe nadie! /
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¡Aquí no se ríe nadie!
Algo estaba pasando en el pueblo de Zacarías. Era un día gris, como tantos otros. De hecho, últimamente todos los días eran así; y ni digamos las noches. Si los días eran grises, las noches eran oscuras. Y vosotros diréis… «Claro, genio. Las noches son normalmente oscuras, así son las noches». Pero en el pueblo de Zacarías lo eran aún más. Imaginaos una noche muy, muy oscura; noche cerrada no, cerradísima, y en una cavernosa gruta repleta de silencios tibios y localizada en Alaska, sí, por lo menos en Alaska.
En Marinadas, el pueblo de Zacarías, la gente solía ser muy dicharachera. Todos eran muy alegres y simpáticos; y las fiestas locales eran conocidas en toda la región. Cada siete de agosto el pueblo se iluminaba con luces multicolores que anunciaban el comienzo de dichas fiestas. Atracciones, casetas de juego, música y hasta un grandioso circo. Año tras año hacían las delicias de habitantes y visitantes, de niños, niñas y adultos. Pero aquel año, el verano del 91 estaba siendo diferente. Hacía semanas que, poco a poco, los habitantes de Marinadas comenzaron a lucir como los días, grises. El jolgorio y la amabilidad estaban siendo sustituidos, desaparecían. Uno tras otro, familia tras familia, barrio tras barrio… fueron todos perdiendo esa alegría. La risa estaba desapareciendo y, lo peor de todo, a nadie parecía importarle. Y Zacarías parecía ser el único que se estaba dando cuenta.
Sí, habéis leído bien, robadas. Alguien estaba robando la dicha de aquel pueblito. Zacarías lo descubrió, intentó pedir ayuda a sus padres, a sus primos, amigos. Y nada. Pues nadie le hacía caso alguno.
Boludus, un siniestro transeúnte de nariz aguileña se había mudado aquel año a la mansión de la colina de Marinadas. Nadie había reparado en él, como siempre pasaba. Odiaba la risa, siempre la había odiado. Cuando era pequeño todos se reían de él. En el colegio, en la piscina, en el campo de juegos... Siempre había recibido la risa como algo odioso, pues los demás siempre la usaron de manera cruel. A nadie le gusta que se rían de él. Algo en principio tan positivo, mal usado, podía ser sin duda una peligrosa herramienta para el desplazamiento y la marginación.
Toda una infancia de burlas y bromas pesadas habían convertido a Boludus en un ser lleno de resentimiento. Cuando creció y se fue a estudiar artes mágicas en alguna escuela de magos, juró que algún día lograría acabar con toda la risa del mundo. Nadie volvería a reírse jamás de él, ni de cualquier otro alguien.
Boludus, maestro del encantamiento, comenzó su plan en aquel pueblo. Un plan que marchaba a la perfección: casi todos eran ya tan grises como la ausencia de alegría podía provocar. Nadie allí se reía, nadie podía ya burlarse de Boludus.
El niño se paró por fin en la puerta de aquella mansión. Normalmente los magos eran gente buena, con buenos fines. Pero aquel mago, en el que nadie -aparte de Zacarías- había podido reparar, debía tener un problema. Quizá se sentía solo, quizá necesitaba cambiar su perspectiva y quizá, solo quizá, lo único que necesitaba era un poco de compañía, de amistad. Si lograba hablar con él, hacerle entender… quizá ese triste mago devolviera la risa a todo el pueblo.
Pues la risa no era algo malo, como pensaba Boludus. La risa, bien llevada y entre muchas más cosas, era la base de una forma de vida muy diferente a lo que aquel marginado elemento estaba acostumbrado y era (eso aún no lo sabían estos personajes) lo que estaba a punto de hacer cambiar por completo el mundo de este villano tarado, así como el del pequeño Zacarías.
La risa acompaña nuestras vidas y nos procura alegría. Regala nuestros momentos más felices y es precursora de las arrugas mejor justificadas que podremos agradecer con los años. Una vida sin risa es una vida gris, no seas como los que ayudaron a que Boludus se convirtiera en un “odiador”. No uses la risa para el odio.
En esta ocasión he usado la risa como pretexto para manifestarme artísticamente por medio de la creación literaria. Como ya he dicho alguna vez, la literatura está en todas partes. Está en el arte y está también, sin duda, en la risa.
* (Salvador Flores). Nacido en Málaga, España, en 1984. Licenciado en Arte dramático y titulado en Educación Infantil. Actor de teatro y renovado escritor re-descubierto. Me gusta la naturaleza, la libertad y "las cosas descentralizadas". No me gustan las lecturas aburridas como, por ejemplo, los contratos con los bancos. A veces salgo a disparar cohetes con mi Rocío, cohetes que lo inundan todo de risas de colores.
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