Bajo nubes con formas que invocaban amor pulcro pasaba sus minutos de teórica paz y sosiego. Teórico por la ausencia aparente de responsabilidades. Desafortunadamente, la paz y el sosiego no tenían lugar en ese ciclo de su existencia; el teléfono derruía gradualmente su paciencia. Su salud mental se tambaleaba.
Con la mano derecha acomodaba su calva cabeza mientras con la izquierda echaba mano de su penúltimo cigarrillo. Le quedaba poca uña. Tras colocarlo entre sus voluminosos labios, se llevó la mano de nuevo al bolsillo de su camisa de lino en busca de un encendedor que aliviase su amargura durante unos instantes. Tras la búsqueda de esa primera calada terminó su cigarrillo cuatro mil uno. La vida sigue hasta que el destino decida lo contrario, entendía él.
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Como si todo estuviese impecablemente planeado con anterioridad, surgió bajo las nubes el sonido prominente de un teléfono de los que hacían ring, como en los viejos tiempos. Tomando una mayúscula bocanada de aire, se llevó la mano derecha a su otro bolsillo para darse cuenta, poco después, de que junto a él yacía también su móvil. Su compañero esperaba la mano amiga y, por desgracia, solo un cigarrillo aguardaba en su bolsillo.