En la sala privada, entró la chica que escogimos, que estaba demasiada buena, una de esas húngaras morenas que están de muerte. La tipa nos hizo un baile, y otro, y luego otro y no sé si era por la droga, pero esa tipa nos hizo acabar y yo le hice una propuesta indecente, la cual aceptó, luego de cobrarnos una suma bastante cara, pero que no hubo problema en pagar. Ella salía en la noche y nosotros quedamos de vernos en un bar, y eso nos daría tiempo para buscar los euros y pasear un poco más por Paris. Subimos al metro de allá y salimos en todo el centro, cerca del arco del triunfo y le conté a Julia algunas cosas sobre este arco y mientras caminábamos, nos topamos con unas prostitutas que no se nos ofrecieron. No entendí bien por qué. Aquí no se anda con pendejadas. De todas maneras, no se veían bien y no es que fueran feas o estuvieran mal vestidas, es que no… despertaban nada. Julia estuvo de acuerdo conmigo. De todas formas, esa noche nos tiraríamos a una tipa que sí despertaba de todo. Le pregunté qué tenía. Me dijo que le estaba viniendo el periodo.
—hoy no, mi amor —me dijo, ladillándome.
—no se trata de que sea malo; pero me da asco. Los hombres no entienden eso. Creen que una no quiere tirar. Y una sí quiere; pero no así. Una huele mal, anda, no sé, pegostosa, de mal humor, duele el vientre, duele toda mierda… ¿me comprendes? —Entonces le dije:
—yo siempre he sido comprensivo. Pero ustedes se ponen maniáticas con el tema. Se ponen cómicas y yo lo agarro de jodedera. ¿Y qué? —se rió. Yo también. París, un lugar tan refinado que hace salir el lado chaborro de la gente. Fuimos a la Tour d´Argent, donde tenía planteado comer como si de ello dependiera mi existencia. Llegamos a Quai de la Tournelle, y como era de esperar, gente iba a nuestro destino. La vista de Notre Dame es gloriosa, se lo digo a Julia, quien se queda viendo la catedral mientras sigue caminando, agarrada de mi brazo. Entramos. Escogimos una mesa con vista a la catedral. Lo suficiente como para no cometer la imprudencia de pedirle matrimonio.
A estas alturas de la tarde-noche, el hambre y las ganas de monchar son muy arrechas, así que pido unas crèpes con mariscos y julia pidió un entremés que trae un buen trozo de ternera de primera. El mesonero me vio la cara. Venimos a COMER. No se cayó a cobas. Pedí un vino de las Ardenas, cosecha 72, algo exquisito. La botella nos la tomamos rápido. Pedí otra del mismo año pero de Burdeos, y después de sugerir unas buenas marcas, nos dijo el que era y le dije que trajera dos botellas.
Desde que llegué a Francia tengo una fijación con las langostas. No paro de comerlas. No me aburren y como no afectan mi bolsillo, les doy guerra. Julia se fue por una lengua de ganso en trufas y aderezado con una salsa que me pareció bastante psicodélica. Las dos botellas murieron. Pedimos algo soberbio de la Picardía y el tipo se trajo una botella cuyo nombre no voy a mencionar para que el lector se joda buscando el nombre de uno de los mejores vinos que pudo inventar la raza humana. Aquella vaina seguía su rumbo, y claro, se me olvidaba que comimos tres variedades exquisitas de ensalada césar que servía en ese restaurant. Después acabar con el plato principal, y cinco botellas de vino, Julia comenzó a decirme que por culpa mía se iba a poner como una ballena.
El mesonero pensó que había acabado la vaina; pero aún quedaba combate. Pedimos unos postres demasiado buenos: ahora fue Julia quien se comió una crèpe, bañada en miel, con una ensalada de frutas, chocolate, Chantilly y otras delicatesen más. Yo me fui por una torta que se llama Zar, que si uno se la come en lugar del almuerzo, queda fino y eso que es puro dulce. Carajo, estábamos bien. Complementamos con dos pares de tazas de café bien negros, tóxicos y así terminamos aquella hermosa velada.
Pagué aquello y casi llegó a mil euros, por los vinos. Le dejamos una propina bien al mesonero, que hasta nos abrió la puerta y tomamos rumbo a Bois de Boulogne, para vacilarnos a las putas y los maricos. Y de repente, nos drogamos, total, allí hay el dealer que jode. El carro no se sentía y con los contrastes lumínicos, me puse melancólico. Julia se dio cuenta. Al llegar al Bois, había tráfico normal. Un gordo, tipo ejecutivo, cuadró a una puta y se la llevó en su carro.
Unos niños bien, modelitos, se estaban cuadrando a unos maricos y lo que me pareció que era una transfor. Salió una que me dijo que se había operado y se subió la falda y no había nada allí; salvo un pubis que no voy a decir que estaba bien; pero le hicieron el trabajo. Salió un tipo diciéndole a Julia que le podía hacer lo que ella quisiera. Se rió nerviosa y yo corrí al tipo. Seguí avanzando poco a poco, y entonces pillé a un dealer, que me ofreció heroína ya en jeringas, me provocó matarlo de una vez. Probablemente estaban usadas. Poco después encontramos a uno, marroquí, sentado en un banco, y nos ofreció, a buen precio, doctor Blanco, pero Julia me dijo que con Carmine, así que le compré opio. Una puta me ofreció a su hermanita de quince, que estaba apoyada en un árbol, como para poder ocultarse en caso que llegue la ley y el orden. La niña era bonita y estaba bien arreglada, en la mirada se nota el trauma y la turgencia de una vida sexual iniciada antes de tiempo.
—por ella, son 400 euros. —Julia me veía con cara de horror. Le dije:
—dos mil y se vienen las dos conmigo toda la noche —La tipa cogió mínimo y la llamó y vino animada, drogada. Hablaron. Pagué. No quería ver la cara de Julia. Cuando se montó arranqué y Julia me veía con una mirada, así que era el momento de hablar.
—oye, niña, ella es mi novia Julia. ¿Cuál es tu nombre? —Pregunté amistosamente, buscando bajar la guardia de las dos.
—Félix —Dijo ella, un nombre extraño para una chica. O Era su nombre de puta.
—¿en serio te llamas así? —Dijo Julia, volteando para verla y establecer un contacto más cercano con la chama, que parecía estar como metida en una película de Tim Burton. Tal vez pensaba que venía un gangbang invertido.
—Sí, ese es mi nombre. Vean mi identificación. —Al verla, medí cuenta de que sí era su nombre y también comprobamos que es una menor.
—mira, no te preocupes. No te voy hacer nada. No deberías hacer estas cosas, eres una niña. Iremos a donde quieras y te dejaré en paz. Mañana, trata de regresar a tu casa. —Ella se puso histérica y dijo que no haría eso. Contó que si lo hacía, su papá la mataría, y la otra chica era su hermana. Tenía 17. No me di cuenta de que era menor, pero sí se veía joven. Me dijo que su padre había abusado de ellas y había hecho una porno, que se vendió en Internet. Su hermana mayor quedó embarazada, pero le dieron una píldora abortiva. De donde vienen (Alsacia) la cosa es ruda. Nadie de sus familias quería tenerlas, no porque no quisieran, sino porque eran pobres, y los hombres eran una amenaza potencial para aquellas chicas.
—de donde venimos, es un lugar muy pobre y horrible. Nos fugamos del alberge para menores. Vinimos a París, hace casi un año y medio, porque queríamos conocer la capital de nuestro país y porque aquí hay oportunidades. Ella comenzó a trabajar, primero de desnudista, hasta que alguien se dio cuenta y la despidieron, después optamos por poner anuncios en la prensa e internet y se hizo todo más fácil. En la calle se gana más, aunque es peligroso. Y no tenemos tiempo. Vamos a la escuela, donde también tenemos clientes, y debemos aprovechar, a nosotras nos gusta estudiar. —Tal vez era verdad, quizá no. Lo cierto es que estaban bien alimentadas, vestidas y calzadas.
Salvo por sus miradas desquiciadas y traumatizadas, podría decirse que eran una niñas perfectas. Francia, como siempre, el país que te vuela los tapones sin mucho esfuerzo. Llegamos al Hilton. Julia y Félix y su hermana subieron a la habitación. Yo fui al bar, necesitaba beber vodka. Eso hice, tres tragos en menos de 20 minutos. El bartender estaba sorprendido. Yo estaba relajado y hasta happy. Subí y estaban ellas en la sala, poniendo música.
—ella me dijo que eres un escritor. ¿Por qué no escribes sobre mi?— Me dijo la chica, y sí que iba a escribir sobre ella.