Tuve que salir a hacer un mandado. Ya sabía a qué me metía. La ida estuvo normal pero el regreso fue difícil. Calculé que si me saltaba el almuerzo, me daba tiempo de ir y volver a tiempo antes de que iniciara el toque de queda por el coronavirus. El regreso, sin embargo, fue terrible. A pesar de eso calculé bien y ya estaba en mi casa quince minutos antes del toque de queda.
La noche anterior vimos con mi pareja uno de los episodios de Midnight Gospel en el que el protagonista va a un planeta-panóptico en donde entrevista a un ave que tiene como tarea redimir a un reo, al cual está atado, cada vez que éste muere y luego vuelve al pasado como en un renacimiento. Hablan sobre el budismo. Sobre el yo, la autoconciencia, como una mera contingencia instrumental que nos permite experimentar la vida. Menciona que el hinduismo concebía al yo, al alma, como una verdad eterna, única y universal que existe más allá de lo perceptible y material. Pero el budismo no. En el budismo lo que se concibe es un vacío existencial al fondo de la conciencia pero no nihilista. El reo al que el ave está atada se la pasa muriendo de distintas formas y cada vez que ocurre, luego de un ritual de redención, si su alma aún pesa demasiado de ego regresa en el tiempo al mismo momento que lo llevará luego a su muerte. Mientras muere múltiples veces, se desarrolla la conversación y el reo va dilucidando qué debe hacer para escapar de esa prisión.
Esperando, pidiendo vía, metiendo poco a poco el frente del carro, o metiéndolo de una vez. Calculando qué carril conviene, haciendo el consenso de ver quién pasa primero. Esperando más, intentando respirar a pesar del calor y la mascarilla. Viendo el teléfono sigilosamente, para evitar que me asalten. De vez en cuando acelerando por unos metros y en algunos momentos de fortuna, encontrando una vía despejada. Voy pensando en el budismo. En el yo como un mero vehículo de la autoconciencia. Este carro en el que voy bien actúa como un Ego. Como un AT Field que delimita mi ser, un contenedor tangible.
Ahora: yo no soy el carro. Yo no soy el kilometraje del carro. Tampoco soy su historial en los registros de propiedad del gobierno, su peritaje y su número de placa. Yo soy yo, pero me quedo allí y no sigo inspeccionando mi experiencia hasta llegar al fondo de la conciencia por que el taxista que viene detrás me bocina agresivamente para que avance urgentemente el metro y medio que se ha despejado frente a mí. Pero en el tráfico, durante esos minutos y horas de tortura, en efecto, el carro y yo coincidimos y nos correlacionamos en gran medida. El carro obedece mi voluntad (dentro de ciertos límites), sigue mi trayectoria y yo le sigo a él. La realidad física me tiene atado a este carro y a este cuerpo. Me da jalón, mi carro, a mí. Me lleva dócilmente por donde yo lo maneje. Dependo de él y él depende de mí. Lo he resucitado tantas veces de su letargo. Con un giro de llave, la ignición; le soplo vida ígnea en su interior (es inyectado). Llego a fundirme con este carro al punto de que sé bien en dónde termina, mi voluntad y su potencia se sincronizan. Puedo dejarlo avanzar unos centímetros para irme metiendo en las colas (voluntariamente me introduzco en esos sistemas de tortura, suplico, ruego tácitamente, con mi sola presencia e inmovilidad, enfrentando el flujo a vuelta de rueda que alguien me permita entrar, defendiendo con mi vida misma mi propia opresión en el tráfico) y sé bien cuándo debo frenar para no chocar.
Esa es mi mayor preocupación: no chocar con otros carros. Los egos no deben chocar. Pueden interactuar con símbolos de luces, con lenguajes tácitos de frenar para que el otro pase, o de acelerar para que no pase. Con la simple presencia o ausencia en alguna vía, carril o espacio, los carros, pilotados por humanos, comunican sus intenciones, intereses y tendencias. Cuando no están polarizados los vidrios, al menos podemos hacernos caras, sacarnos la lengua, qué se yo. Es un lenguaje muy limitado el que se puede implementar desde dentro de estos egos-carros-vehículos-navíos. Del mismo modo, nuestros cuerpos humanos tienen inmensas limitaciones comunicativas, pero dada mi experiencia encuentro que el carro tiene pésimas capacidades de comunicación y a la vez mi cuerpo es incapaz de comunicar ciertas cosas que mi conciencia comprende con gran certeza sensible.
Y es absurdo que con esas grandes limitaciones comunicativas se supone que debemos hacer el consenso de ver quién ha de pasar de primero. Un mero acertijo colectivo esto que debemos descifrar. Cada persona es una pieza de un klötski inmenso y no podemos ver el todo el sistema desde nuestra singularidad. Apenas vemos cierta información, y el resto es información escondida y hasta engañosa.
Flujos incontables de carros. Hilè-materia del tráfico, y su forma es desconocida, imposible de observar dede la singularidad. Lo que sí sabemos es nada más que se trata de una sociedad de egos motorizados con comunicación deficiente. Cuando hay poca población de carros, es más sencillo moverse, es más improbable chocar con otros egos-carros. Es como una onda primitiva y anacrónica, andar por un mundo apenas territorializado. Hay que entregarse al fluir por los circuitos y llegar sin mayor frustración que la existencia misma.
Los carros parecen tener el interés, el deseo, de ir a algún lado. A veces paran, claro, estacionan, se apagan y dejan de formar parte de la vida del tráfico. Pero no es nada trágico. Es sólo natural. Luego renacen y se reintegran a la sociedad de egos-metálicos. Pero cuando no están detenidos, cuando no están a un lado del camino, a salvo, como Benedetti dijo, deben tender a moverse, deben estar listos para que cuando lo dicte el entorno sus cuerpos avancen. Y mientras se mueven, mientras sus motores están encendidos en combustión interna - petreo ardimiento -, van a algún lado. Pareciera a veces que en movimiento browniano, pero no. Hay gradientes, potenciales de fuerzas motrices.
Cuando hay sobrepoblación en la cercanía de la singularidad, los egos tienen mayores posibilidades de chocar entre sí. Chocan y se estremecen por un contacto intangible antes de que el metal toque el metal. La representación imaginaria del carro propio y la representación imaginaria del otro carro chocan en nuestra mente y nos estremecen y nos obligan a frenar o a movernos a un lado sin que lo material se toque. Así que claro que hay choques, aunque no tengan consecuencias materiales. Hay choques mentales todo el tiempo, hay conciencia de otras autoconciencias. Esto limita la movilidad. Los gradientes siguen allí, el deseo de avanzar de los carros se frustra a vuelta de rueda pero no cesa, no se apaga como la candela que El Buda debe extinguir.
Hubo una situación en una intersección rara en la periferia del periférico, detrás de una megapaca. Pasó que unos 5 o 6 carros formaron una estrella tal que ninguno podía moverse por que cada uno tapaba al otro. En su deseo idiota, esos carros-conductores-vehículos-humanos no fueron capaces de retroceder para que alguno de ellos avanzaran y todos los demás pudiéramos continuar en nuestra faena móvil. Esperé unos 15 minutos y nada. Luego el conductor del carro más grande fue moviéndose milimétricamente para salir de esa estrella infernal sin rozar a sus vecinos metálicos (el primer mandamiento en el tráfico: no chocarás). Gran reto. Hasta que lo logró y salió disparado en dirección de su destino. Ese destrabe hizo que pasaran muchos (muuuchos) carros más. Yo esperaba mi turno y guardaba todo en mi corazón, que en el carro vendría siendo la guantera, frente al asiento del copiloto. Esperé y dejé pasar sin moverme, sin amenazar con la representación fantasmática de mi auto; hasta que por fin fue mi turno de pasar y pasé y aceleré con ímpetu hacia mi destino, siguiendo el gradiente de la autopista fui luego, con prisa, a introducirme en otra cola mas. Al menos ya no había una estrella de carros trabados física y en especial mentalmente. Aquella estrella tenía una realidad material de objetos configurados físicamente, pero en nuestras mentes tenía una representación mental, imaginaria, fantasmática, de egos enfrentados incapaces de ceder el paso.
En esos momentos de espera reconocí una máquina deleuzeguattariana muy básica para los egos-autos y muy importante. En su AntiEdipo D&G hablan sobre las máquinas deseantes, que simplemente permiten el flujo o lo cortan. El tráfico no es una excepción a ese análisis. Reconocí que "Dar vía", "ceder el paso", es una máquina deseante y parcial muy básica y fundamental para el tráfico. Es obvio, claro. A veces soy yo el que da vía y deja pasar o no deja pasar cortando el flujo. Otras veces soy yo el que está con su pidevías suplicante y otro me cede o no me cede el paso. Es un mecanismo extremadamente sencillo: dejar fluir o cortar el flujo.
Toda la infraestructura vial está construida con esa máquina. Cada tramo de las vías es una máquina que permite el flujo de carros. Cada borde de las vías es una máquina que corta el flujo.
Luego, a otro nivel de abstracción, cada singularidad, cada ego-motorizado, puede actuar como una máquina que corta el paso o lo facilita. Durante algunas huelgas a veces se usan los carros y los buses para obstruir las vías y detener los flujos e implementan así su queja por que las palabras no resultan ser suficientes para comunicar su protesta. Esto, por supuesto genera un gran rechazo de parte de aquellos que dependen de esos flujos, los grandes parásitos de las infraestructuras de producción social, y entonces mandan a militares a remover esas máquinas de corte con fuerza bruta. Esos militares son parte de la infraestructura. Funcionan como los candados de la territorialización.
Volviendo a aquella estrella de egos enfrentados, esa máquina estropeada que no se mueve tiene la patología de tener en su centro elementos que sólo cortan el paso. Hasta que uno de los elementos ceda el paso, los tres flujos de esa intersección de vías podrán continuar. Ceder el paso genera un desbalance entre los egos-máquinas. El que cede el paso debe sacrificar su propio avance por el gradiente, mientras que al que se le cede el paso gana algún avance a lo largo del gradiente. Este desbalance momentáneo genera una pequeña deuda. La deuda es un concepto ambiguo en este caso. El que queda en deuda pareciera ser el que se ha beneficiado, es la manera común de comprender el endeudamiento: alguien recibe un beneficio y por lo tanto queda en deuda. Sin embargo, el que sacrificó su propio beneficio no tiene la garantía de que se le devolverá. Es más, el que salió beneficiado se ha perdido ya en el flujo de carros y aunque los carros tengan identificadores únicos, no hay en realidad un sistema de identidades ni un registro de endeudamiento. A simple vista sólo hay estas pequeñas deudas sin garantía. Esa falta de garantía es un efecto de la perspectiva singular, de la falta de información y la carencia de una comprensión del sistema del tráfico como un todo. Es sencillo imaginar que si una singularidad cede el paso, otras singularidades podrán circular y eso hará que otros cedan el paso. Ceder el paso a un individuo es cederle el paso a todos, incluyéndome a mí mismo. Eso es parte de la sabiduría budista, claro, es mera compasión hacia el prójimo. Mientras los egos cedamos el paso el tráfico fluirá, aún a pesar de que ceder el paso parece ser un sacrificio personal sin garantías de retorno que parece innecesario y hasta absurdo (a nivel de egos humanos). La complejidad del sistema y la abundancia de conexiones hace que haya algo como un karma, un efecto mariposa, tal que una acción como esa halle una ruta de beneficio de regreso a la singularidad.
Eso fue lo que pensé durante el viaje de regreso. Tuve la epifanía bastarda de ser algo como una analogía del inconsciente operando latentemente desde dentro de un ego metálico fluyendo a lo largo de gradientes y de máquinas deseantes de obstrucción y concesión codificadas tanto en infraestructuras viales que cambian a muy largo plazo y también codificadas a corto plazo por otros egos-singularidades. No estoy seguro si las intuiciones budistas están codificadas a propósito (de seguro que sí) en las ideas de Deleuze y Guattari pero es un sistema de pensamiento flexible y con potencial para sintetizar algunas ideas que ya conocíamos de sistemas de pensamiento como el budismo.