Me presenté ante él tal y como soy, de amarillo. Un amarillo que representa mi fidelidad, mi entusiasmo por la vida. Lo conocía. Él era gris, un tanto nefelibato cuando se sentaba en su pupitre sin mirar hacia ningún lado. Cuando mis ojos se posaban en él sin quererlo, pensaba en lo mucho que deseaba darle color a su vida. Porque es posible, ¿no es cierto? Llegar a otros y hacerlos ver otra perspectiva, liberarlos de aquel color que oprime sus almas haciéndoles creer que están condenados. Yo planeaba lograrlo, mostrarle el amarillo de una vida feliz.
En ese camino de cambiar el gris por otro color, vi en él una persona interesante, un poco tímida y reservada. Y me gustó.
Un día caminaba con él en silencio. Le miré por un rato hasta que vislumbré unas margaritas amarillas. Tomé su mano y le insistí que me siguiera. Le dije que esa era yo, una flor amarilla que extendía sus pétalos a la vida y disfrutaba del tacto del sol. Ambos nos miramos por un tiempo, yo sonreía. Le dije:
—Me gustaría ser capaz de cambiar tu gris por un color más vivo. Porque sé que bajo esa máscara eres una flor más hermosa que cualquiera.
Por primera vez en la vida escuché su risa. Ronca, insegura, pero al final de cuentas fue un sonido que me entusiasmó por completo. ¿Que tan raro era decirle a un hombre que era una flor muy hermosa? Cuando movió su mano hacia los lados para despedirse vi que el gris empezaba a cambiar. Se había convertido en un lavanda muy hermoso.
Días después cambió. Como yo le había dicho se volvió un hombre más atractivo, llamativo e interesante. Conocí todas y cada una de sus facetas, me impregné de su olor, de su nuevo modo de vivir a pesar de sus problemas. Sin embargo no todo acabó bien para mí.
Nunca llegamos a ser nada, lo admito, pero aquel esfuerzo dejó algo en mi pecho muy bonito y melancólico. Ese sentimiento de alegría que se volvió tristeza al verlo con otra flor. Una rosa elegante, hermosa, que opacaba en todos los sentidos mi amarillo. Paulatinamente me dejó a un lado por aquella rosa pretenciosa. Le quería como nunca me quiso a mi.
Cuando me miré al espejo por última vez, no era la misma flor que le enseñé a aquel día.