Y así cayó la última hoja…
Después de un largo tiempo, Ana volvió a la casa donde vivió con sus padres, ese hogar que vio sus primeros pasos, escuchó su primera palabra e incluso conoció a su primer amor.
Cuando Ana era niña, siempre al llegar de la escuela pasaba horas sentada debajo de un árbol que estaba en el frente de su casa, ahí su imaginación la hacía vivir grandes aventuras, aventuras que compartía con José su amigo de la escuela, del teatro y del baloncesto, aunque peleaban con frecuencia, soñaban con volar siempre juntos.
Con el transcurrir del tiempo tomaron caminos distintos, ya no sabían nada uno del otro, el árbol cómplice de sus aventuras perdía una hoja con cada año que volaban solos.
Un día sin esperarlo y quedando totalmente sorprendidos, el destino los volvió a unir, dibujándoseles una sonrisa que iluminaba todo lo que los rodeaba, coincidieron en el lugar que los vio crecer, donde aprendieron a querer, a soñar; el árbol se recuperaba, las visitas eran más seguidas, como si nunca hubiesen estado ausentes, cuando Ana volvía a la ciudad, José ajustaba su agenda para poder verse, aunque seguían peleando porque Él siempre olvidaba avisar cuando llegaba a su casa después de dejarla a ella.
En una oportunidad Ana observaba con tristeza desde su ventana el árbol, que había perdido casi todas sus hojas, solo le quedaba una en su rama más alta con un tono verde que cautivaba su atención por como brillaba aun estando nublado el día. Ella no sabía que José iría a la ciudad. Mientras miraba por la ventana sonó su teléfono, desconcertada oyendo lo que le decían, la hoja cayó y un alma voló… sin avisar.
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