ABANDONADA
La escarpada ladera que se alza junto a mi hogar amenaza con aplastarme. Su opresiva presencia siempre me ha provocado ansiedad. No obstante, hay ocasiones en las que prefiero su compañía a la de mi marido.
Permanezco sentada sobre el inestable vallado que delimita nuestro patio trasero, rumiando la última discusión matutina. A mis pies, cincuenta metros de caída libre hasta llegar al lago.
Si tengo suerte, tan solo un poco, chocaré contra una de las rocas que sobresalen del precipicio antes de alcanzar las profundas aguas. Pero la suerte nunca estuvo de mi lado.
Le había pedido a Rodrigo innumerables veces que construyera un vallado más seguro y resistente. Le supliqué; y él seguía sin mover un dedo.
Oigo su grito brotar del interior de la casa:
—¡Eso era penal, maldito incompetente!
Casi puedo verlo saltando en el sofá y gritándole al televisor; como si su vida dependiera del resultado de un partido de fútbol. Apoyo todo mi peso sobre la valla, y comienzo a moverme buscando debilitarla aún más.
Algún día cederá. Entonces Rodrigo sufrirá y se lamentará por no haberme escuchado; por haberme ignorado. Encontrará mi cuerpo hinchado y carcomido por los peces a orillas del Monte Aurora, y pasará el resto de su vida lamentándose y sintiéndose culpable... Sintiéndose miserable.
—¡¿Amarilla?! —lo oigo bramar—. ¡Eso era para roja! ¡Casi le arranca la cabeza!
Me muevo con más ahínco y el cercado parece aflojarse un poco. Me detengo. Algo me ilumina. Una enorme y resplandeciente bola de luz se acerca velozmente hacia mí desde la cima del Monte.
Permanezco muy quieta, confundida y encandilada. No puede ser el sol. Me giro hacia el este, buscándolo, y entonces la montaña comienza a temblar.
La valla cede. Caigo al precipicio con un grito ahogado. Mi cuerpo choca contra el borde y consigo aferrarme; mis pies buscan desesperadamente una roca en la que apoyarse. La luz se encuentra tan cerca que se ha tragado todo a mí alrededor. Me ha dejado ciega.
Grito llamando a Rodrigo, pero un ruido atronador enmudece mi aullido. Una terrible ráfaga de calor baña mi cuerpo. Me aferro a la vida con desesperación. Sin embargo, la suerte me ha abandonado... A mí, y a todos a mí alrededor.
Este cuento recibió la mención especial de la Semana 12 del Concurso de cuentos #fotocuento. El cual consistió en escribir una historia con un máximo de 400 palabras, inspirada por una fotografía de la organizadora .
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© 2018, Elena Lobos