Mi última noche en Marsella
Mi última noche en Marsella
Yo había planeado regresar a mi país para renovar la visa, pasar un mes con mi hijo y luego volver a Francia. Pero estando fuera del proyecto no se vislumbraba visa ni estabilidad económica.
Patricia había mezclado lo personal con lo laboral, y el derrumbe de lo primero arrastró lo segundo. La montaña rusa que siempre había sido mi vida me mostraba nuevamente su bajada más vertiginosa.
Con más orgullo que convicción le dije que se quedara con todo, y de un fuerte portazo cerré nuestra relación y arrastré la ruptura al punto de no retorno.
Una vez en la calle, apreté los pasajes en el bolsillo de mi chaqueta y comencé a caminar sin saber a dónde ir en medio de la noche.
A las siete de la mañana debía estar montado en el tren rumbo a Paris, para luego abordar el avión que me regresaría a casa, probablemente para siempre.
Decidí despedirme de Marsella saboreando un delicioso vino tinto Borgoña, pero el dinero no me alcanzaba para comprar la botella que quería. La rabia comenzó a acelerar mis pulsaciones, me sentí molesto y fracasado. Insulté al vendedor de la licorería, agarré la botella y salí caminando sin haber pagado.
El licorero amenazó con llamar a la policía pero a mí no me importó en absoluto. Seguí caminando aceleradamente hasta que me di cuenta de la gravedad de lo ocurrido. Fue entonces cuando decidí correr hacia la estación de trenes.
Una cuadra antes de llegar a la estación, noté que me estaban siguiendo y decidí entrar en un callejón oscuro. Desde ahí vi cómo el licorero y dos policías me buscaban mientras yo saboreaba lentamente mi costoso y mal habido Borgoña.
En ese lugar pasé la noche. Arropado con una conveniente oscuridad pensé mucho en Patricia, en sus labios turgentes y en ese áspero acento bogotano que tanto llegó a atraerme y que ahora detestaba.
Cuando comenzó a amanecer descubrí que estaba justo debajo de un farol que nunca llegó a encenderse en toda la noche. Un farol apagado que tal vez sin quererlo, cubrió de tinieblas y complicidad la fechoría cometida mi última noche en Marsella.
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