
La primera vez que nuestros cuerpos fueron uno, llovió copiosamente, como si la naturaleza quisiera ser parte activa de la fogosidad de nuestras carnes.
El día en que me propuso unir nuestras vidas para siempre en matrimonio, también llovió. Pero esa vez nos mojamos, corrimos como niños a disfrutar de la lluvia y de la felicidad que nos embargaba.
Y fue también un día lluvioso en el que él rompió su promesa de estar juntos para siempre. Aquella tarde de agosto se me repite una y otra vez: El beso de despedida, el hasta pronto que se convirtió en hasta nunca, la nefasta noticia de que un accidente de tránsito fue el instrumento que usó la muerte para arrebatármelo.
Recuerdo que en su funeral le prometí que, desde su partida, con cada tormenta o simple llovizna sería recordado. Cada vez que el cielo dejara caer el vital líquido hacia la tierra, yo lo sentiría como si fuera él, acobijándome con el rocío, como si él desde el más allá llorara su pronta partida.
En días como hoy, que la lluvia arrecia, lo siento. En el sonido de las gotas al caer, en el olor a tierra mojada, en el corazón que a veces pareciera dibujarse en mi ventana con las gotas que no terminan de caer.
Esta es mi entrada para el Concurso de cuentos #fotocuento de en su semana Nr. 9
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