Ambos mirábamos absortos la oscuridad insondable frente a nosotros, con nuestras manos entrelazadas. Algo nos atraía en aquel pasillo. Parecía tener vida propia. La oscuridad parecía reptar por las paredes y acercarse a nosotros, envolviéndonos en su encanto para hacernos entrar, y cumplimos su deseo, sin soltar nuestras manos.
Avanzamos a través del pasillo bañado en oscuridad, sin vernos, pero sintiéndonos en el abrazo de ambas manos. Eso me confortaba.
Tras un rato de caminata a ciegas, el pasillo oscuro desembocó en otro pasillo con algo de luz, develando un poco alrededor de qué habíamos estado caminando. Las paredes estaban tapizadas de recortes de periódicos; de nostalgia y olvido. El techo, tan cercano, parecía querer caer sobre nosotros. Yo me quería devolver sobre mis pasos y olvidar todo el asunto del pasillo, pero ella insistía en proseguir. No quería soltar su mano, así que accedí.
Avanzamos un par de pasillos más y tropezamos con un par de sombras quienes siguieron su camino sin reparar en nuestra presencia. Encontrábamos pasillos cada vez más extraños; unos con vidrios en el suelo, otros cuyas paredes parecían tener vida propia y unos con grietas que al asomarnos, no mostraban nada. Pero seguimos el camino, con las manos aún entrelazadas.
Avanzamos más y yo quedé obnubilado ante una de las paredes. Su tapizado era de noticias viejas igual que uno anterior, pero estos recortes eran más grandes y de noticias que yo había leído cuando era adolescente. Al terminar de leer un par de columnas, advertí que mi mano ya no abrazaba la suya. Ella no se encontraba a mi lado.
Corrí por un par de pasillos ya visitados en busca de ella. Tropecé con una sombra y le pregunté si la había visto, pero sólo se mofó y siguió su camino. Corrí hacia pasillos nuevos y no la encontré. Cada pasillo que atravesaba solo me albergaba de inquietud y desolación. La esperanza de encontrarla se escurría entre las grietas de las paredes, junto con mi cordura.
Al no encontrarla a ella ni la salida, decidí sentarme sobre el suelo, en uno de los pasillos sin iluminación. Una sombra se sentó junto a mí. Sentí su presencia al hacerlo. Comenzó a hablarme en una suerte de murmullo, que yo no escuchaba, pero entendía. Así pasé los últimos días, semanas, años. No lo sé. El tiempo se ha convertido en un absurdo.