Las estrellas abrigaban el cielo al tiempo que las nubes buscaban hacer lo mismo con ellas. La Luna jugaba al escondite en solitario. Enrique, con ceño fruncido, maldijo en dirección a todas ellas. Su auto se descompuso en una carretera remota, camino de visitar a la familia en su pueblo natal. A pesar del peligro que esto podía representar, los pensamientos de Enrique giraban en torno a la impuntualidad que cometería, no en lo que le ocurriese en aquella penumbra.
Sacó su celular y en cuanto terminó de pedirle a uno de sus primos del pueblo que fuese a ayudarle, se quedó sin batería. En el reflejo de la pantalla, pudo observar un breve momento las estrellas huyendo de las nubes, pero no le prestó demasiada atención. Tenía otras preocupaciones que un par de estrellas juguetonas.
La Luna se compadeció de Enrique y salió de su escondite, iluminando a duras penas su semblante oscurecido. Él no lo notó. Estaba sentado con la espalda contra uno de los neumáticos, golpeando deliberadamente su cabeza contra el auto. Maldita sea, maldita sea, maldita sea, maldita sea, susurraba, con ojos cerrados, pensando cuánto se había retrasado y la molestia que causaba al hacer que uno de sus primos regresara del pueblo a auxiliarlo.
Se levantó, caminó en círculos y se sentó de nuevo, esta vez sobre el suelo frondoso que se extendía a la vera de la carretera. Sus pensamientos comenzaron a navegar a la deriva y finalmente se perdieron en el mar turbio de su subconsciente. Su mente pareció quedar en blanco. Elevó la mirada al cielo y pensó: ¿cuánto tiempo hace que no admiro las estrellas? De pequeño me encantaba hacerlo.
Bajó la mirada con un poco de vergüenza. A su lado, observó una pequeña flor todavía en su capullo. Pensó en la inocencia que perdería al florecer. La inocencia que él había perdido entre preocupaciones inútiles y horas extra de trabajo.
Todo el tiempo que esperó a su primo, lo pasó junto a aquella pequeña e inocente florecilla. Se sentía como una suerte de guardián. Y cuando su primo finalmente llegó, pensó en arrancarla para llevársela, pero concluyó en que acabaría de forma prematura con la vida de la pequeña. A pesar de la mirada juzgante de su primo, Enrique sólo se despidió de la pequeña, dándole gracias por acompañarlo y guiarlo a aquella revelación sin mover una hoja.
Relato escrito para el Concurso #Fotocuento de
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Fuente de los laterales:
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