Cecilia reposaba incrustada como lego en su sofá. Recordó que se le había olvidado pasar por el pan. Se alzó, alistándose salió y abriendo el paraguas se encaminó. La lluvia fluía a la inversa; una mujer intentando cubrirse el cabello con periódicos caminaba como buey empujando un yugo de papel.
Cruzó un par de calles más y entró en la calle farol; nombrada así por el sinfín de faroles dignos de una noche de Van Gogh. Subiendo un trillizo de peldaños, entró y cogiendo un par de panes, entregó un par de monedas, apretó los panes contra su pecho y se introdujo nuevamente al frío de la noche.
Normalmente la calle farol estaba llena de artistas, que con sus descabelladas actividades convertían la fría y ermitaña calle en un sitio fantástico, casi irreal.
Izando su paraguas apretó los panes y despidiéndose de las últimas farolas bajó por un callejón iluminado únicamente por una farola en medio. Pasando debajo del farol escuchó a su izquierda una voz vulgar y burda.
-Epa, menolcita! ¿Pa´ onde llevas eso´? –ella aceleró- sin embargo, la voz exclamó: ¡Parateahí! -deteniéndose una figura delgaducha con andar tongoneando se iluminaba a cada paso, una sonrisa acompañada con ojos desgastados coronados por una gorra que dictaba OBEY.
Ella no podía hablar, su miedo la cubría, pudo escuchar su corazón y la respiración nauseabunda del sujeto, mirando el suelo vio que las luces del farol se movían -o se estaba desmayando-, sintió como él hombre metía su mano y la toqueteaba, podía incluso sentir su sonrisa sádica. Cerró los ojos como si con eso todo desapareciera.
Un golpe metálico, entenebreció el ambiente, acompañado por el alarido del hombre que bruscamente se apartó de ella golpeando su hombro dejándola de frente.
El farol convertido en una extraña bestia iluminaba intensamente al hombre. Ella atónita miró la silueta oscura y divisó cómo surgían unos trazos blancos que mostraba algo- Era, el mismo hombre apuntando con un revólver a un niño, - la luz se esfumó y rugiendo le hizo huir despavorido-.
Volteando la bestia quedó frente a ella. – Mi turno- pensó. Esperó e inclinó el rostro, se persignó y apretando su paraguas.- escuchó como se acercaba… !
-Y tú... no mientas- susurró
Abrió los ojos. Ya no estaba, alzó la vista y contempló el farol que sobre ella oscilaba.
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