Estaba nostálgico, más al mirar esa hermosa fotografía de la casa de mi abuela. Trae a mi mente el aroma que emitían los tablones, el crujir de la madera al andar, el rechinar de las puertas, las risas de mis primos, el parloteo de mis tíos y sobre todo las historias cortas de mi abuela.
Algunas veces se me escapa el color de las paredes, el rostro de mis familiares, el nombre de las distintas mascotas que residieron en la casa, el sabor de las hallacas que se cocinaba allí. Sin embargo, jamás olvidaré los cuentos de las regatas que surcaron los mares embravecidos, solo para definir un ganador. Ahora de grande se me hace absurdo salir en medio de una tormenta a navegar.
Recuerdo el misterioso monstruo de las cavernas, siempre me causó pesadillas. Mi mamá me decía que mi abuela también se lo relataba y le provocaba lo mismo.
Quisiera recordar con mayor nitidez los abrazos de la abuela, o al menos saber si su sonrisa era cálida.
¡Tiempos bonitos aquellos!, era un regalo de los dioses acostarse en la cama de la abuela, mientras ella con su tierna voz me trasladaba a un mundo de flores amarillas, donde la enseñanza era que no toda flor bonita era buena para el corazón. Me sirvió mucho para percibir que chica era buena para mí tiempo después.
Ver la foto significa llorar largos ratos. Realmente añoro todo aquello los fuegos artificiales de navidad; aunque implicara toser por los humos que ocasionaba, oír a la abuela hablar y acariciar mi cabello, al momento de contar un cuento. Solo queda la fotografía con los tejados grises, que alguna vez construyeron mi abuela y sus hijos con esfuerzo. Un hogar con sus bellas historias y una familia que al parecer no se volverá armar.
Veo esa foto, y no veo la casa, sino las emociones que una vez causó vivir en ella.

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