
Le había pedido disculpas mil veces, le había rogado perdón hasta el ahogo infinito de lágrimas, me le había humillado como nunca pensé que lo haría por nada ni por nadie, porque la amaba y sabía que mi vida sin ella, sin Lucía, sería imposible.
A pocos metros del gnomo de cerámica barata, encontré una caja negra con todos los libros que le había regalado en cada uno de sus cumpleaños y mucho más allá, sobre un olivar seco, colgaban todos los vestidos, todas las prendas, todas las bisuterías que narraban silenciosamente, al ritmo del viento, los días felices que signaron nuestras vidas.
Era el fin de todo y el comienzo del “yo no sé qué”. Los hombres somos uno imbéciles y yo, Ricardo Oslo, mejor conocido como el matacueros del pueblo sin nombre, había cometido el peor de los pecados que un hombre enamorado puede cometer. Había traicionado al amor, había pisoteado todos los pactos de luna llena, había antepuesto las hormonas y la bestialidad, a la lealtad.
Se supo y se supo sin que pudiera ponerles bozales a todas las lenguas, que había tenido noches furtivas con la viuda del pulpero. Pero no había sido el único, medio condado y dos pueblos más allá de las sierras, conocían de los furores de Doña Lucrecia.
Al llegar a la puerta de la Hacienda, antes de tocarla, escuché el traquetear de una escopeta y luego de otra y luego de otra. Toda la familia estaba esperándome para darme la malvenida.
De pronto vi, sin sorprenderme, que el gnomo de cerámica había cobraba vida y corría libremente por el pastizal con los suyos. Para mí, fue un “déjà vu” del mundo de los misterios. Me advertían que no cometiera el error de tocar esa puerta. Que ya nada tenía en ese lugar. El odio se había comido al amor. El perdón no brillaba en la Hacienda de los Gutiérrez.
Hui… escapé de ese mundo castrador y tuve, afortunadamente, una larga vida con Doña Lucrecia, en su próspera pulpería y entre sus piernas expertas.
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