En la quietud de la noche miles de pensamientos aturden mis sentidos, escucho el palpitar en mi pecho y mi respiración pausada; el sonido de la naturaleza ha sido reemplazado por susurros en mis oídos que convertidos en miedos me atormentan, invitándome a la locura. Mis dientes rechinan al descubrirme ansiosa y un vacío en mi estómago se roba por momentos mi respiración.
Mis músculos se tensionan esperando el impacto, pero el proyectil nunca llega, en vez de eso una voz en mi cabeza me repite una vez más que no puedo hacerlo, rompiendo mis ilusiones y dejándome marchita la esperanza.
Miro a la oscuridad intentando encontrar un rayo de luz que me muestre el sendero que debo seguir, pero mis ojos cansados y adoloridos con su último esfuerzo derraman lágrimas saladas que brotan por mis mejillas y pronto tocan el suelo, ese del cual aún no he podido separarme. Limpio mi rostro una vez más como tantas otras noches atrás y escucho el cantar de las aves que me anuncian que el alba está por llegar y yo una vez más me he quedado en vela sin poder salir de esta cueva.
El amanecer me trae a la memoria ese día, una semana atrás. Cuando llena de energía y entusiasmada me embarque en este viaje queriendo vivir una gran aventura, de la cual ahora he comprendido no puedo escapar. Los folletos aseguraban una experiencia inolvidable y eso es precisamente lo que he tenido desde entonces. Hoy maldigo mi arrogancia y falsa superioridad, esa que me llevo a rechazar la propuesta de aquel guía quien se ofreció a acompañarme, así como los consejos de todos aquellos que me aseguraban que era mejor no recorrer esas ruinas sin compañía.
Claramente mi orgullo pudo más y sintiéndome superior me alejé de todos, asegurándoles que sabía muy bien lo que estaba haciendo. ¡Qué ingenua fui!
Sólo bastaron unos instantes en los que sorprendida por la belleza de tal descubrimiento, me adentré al túnel, ese que supondría la entrada a un mundo inexplorado. Sin pensar siquiera que por su antigüedad el piso se derrumbaría y me dejaría completamente atrapada.
Desde entonces tengo la certeza de que el sol se ha ocultado y ha vuelto a salir tantas veces, que no sobreviviré mucho tiempo más y que nadie va a venir a buscarme.
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