UNA LUZ DESDE EL INFINITO
Poco a poco se alejó por el camino, su silueta se fue perdiendo a cada paso que daba, así fue que se marchó un día ya hace muchos años. El niño que jugaba alrededor de su casita. Su luz se hacía más y más pequeña, a la distancia, hasta que no la volvió a ver, no apareció más. Se había ido, aquella luz que a diario, llegada la noche, encendía don Ruperto, mi padre. Era como si la casita cobrara vida, y con esta lucecita nos mostrara el lugar a donde debíamos volver después de cualquier salida o faena.
No hubo un día que no diera sus luces, así como el Sol nunca dejaba de alumbrarnos en el día, así era la luz de mi farolito, por las noches; nada se le podía comparar, nos alegraba y guiaba cuando por el juego nos apartábamos un tanto del hogar. Allí estaba ella como diciendo: “por acá”, tengan cuidado, no se vayan a perder.
Hace algún tiempo fui a mi pueblo y recordé el farol. Me contaron mis tíos que, tras la muerte de mi padre, nunca más encendió, nadie tenía el justo tino para encenderlo, tan especial era que no encendía con otras manos que no fueran las de mi padre. Me preguntaba si podría hacerlo yo mismo y decidí intentarlo. Todos se reunieron para el acontecimiento: el farolito que había permanecido apagado, ¿volvería a brillar? ¿Volvería a dar su luz? O simplemente terminaría como otro traste viejo en el rincón más olvidado de la casa.
Toda la familia se reunió en la fachada. Y yo, con el encendedor listo, me preparaba para devolverle la vida. Todos contuvieron la respiración por un instante, parecía que la tierra dejo de girar por un segundo, el fuego se acercó lentamente a su destino… que lastima: nada pasó. Intentamos una y otra vez, parecía que nada podría encender al viejo farol.
Vino a mí una sensación y me pregunté: ¿Cómo lo encendía mi padre? Recordé que Él sacaba el fuego del fogón de la casa. Raudo me precipite a la cocina, tome un carbón que aun ardía y pensé: con esto sí encenderá. Todos se aglomeraron, esperaban verlo alumbrar. Cruzó por un momento en mi mente: Padre, Tú estás aquí ahora, guía mi mano para encenderlo. Lentamente la brasa llegó hasta su destino y pudimos ver las primeras luces después de la larga oscuridad de la noches solitarias. Desde ese día cada noche vuelve a la vida. Creo que mi padre nunca dejó su cotidiana tarea.
- FIN -
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