Perder a una mascota representa un dolor tan fuerte como la de un ser humano.
Graciela recibió a Blanco el mismo día que ella cumplía sus quince años, había estado esperando que el cachorro tuviera su primer mes de nacido para que se lo entregaran, ansiosa le puso nombre y se encargó de su alimentación y cuidado desde ese mismo momento. El amor no distingue formas. Lo trataba como un niño pequeño, le hacía ropa, lo llevaba con la familia a los paseos a la playa y hasta le celebraba los cumpleaños.
Cada vez que ella llegaba del liceo, él salía a recibirla, movía su cola y trataba de que ella le acariciara, a veces, Graciela andaba apurada y apenas le miraba, y él se sentaba a observarla hasta que ella le hacía caso, otras, ella le hablaba con su manera especial de tratarlo y él se ponía como loco; corría alrededor de todo el patio y venía a donde estaba ella y cuando ya lo iba a agarrar él corría de nuevo, y volvía a hacerlo una y otra vez, hasta que ella se sentaba dispuesta a consentirlo. Era casi un ritual.
Blanco creció hermoso, cada vez más revoltoso. Pero se aquietaba, extrañamente, cuando ella le contaba historias. Ella ponía voz de niña y con diminutivos y arrumacos le iba narrando lo que le estaba ocurriendo en su día a día: sus peleas con las amigas, los problemas con las asignaturas y llegó a leerle las cartas de un pretendiente dos años mayor que ella. Blanco lloró con ella cuando todo se acabó. Era su amiguito, solidario y fiel, como ella siempre le decía.
La vida siguió, Blanco creció y siguió siendo consentido, llegó a acostumbrarse a que le dieran paseos en el auto, lo que ella hacía en la misma urbanización nada más para verlo feliz. Todos lo tenían mimado. Un día Graciela y su padre salieron a la calle, casi al mismo momento, cada uno apurado con sus respectivas diligencias y el perro salió detrás de ellos, cada uno pensó que Blanco se había ido con el otro. Cuando en la noche ella llegó a la casa notó con rareza que no había sido recibida como estaba acostumbrada. Sus padres creían que el perro estaba con ella, fue en ese momento cuando se dieron cuenta del descuido. Lo buscaron por todas partes y nunca apareció.
Cada 28 de octubre recuerdan el día más triste de sus vidas, han pasado cinco años y aún lamentan su extravío. ¿Cuánto sufrió? ¿Seguirá vivo? ¿Los extrañó? ¿Por qué nadie se los devolvió? ¿A dónde se fue? ¿Cómo se verá ahora? Son preguntas que siguen sin respuestas. Muchas veces al llegar la noche los ojos de Blanco se anuncian en la mente de sus dueños que se contagian de su misma languidez. El amor nunca se pierde.
Escribir un cuento que no pase de 500 palabras es una actividad llamada #fotocuento, la misma es una idea original de
para que cada semana un grupo de escritores se reunan a contar las mejores historias a partir de una fotografía presentada por ella. La semana pasada los ganadores fueron:
Mis felicitaciones a cada uno de ellos. Si te gustaría participar en esta propuesta te invito a leer más aquí
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