Era un hombre tímido, bisoño que no me atrevía a expresarle mis sentimientos, por lo que esperé el momento oportuno de ese día para hacerle la invitación en ese lugar que tanto añoraba ella y decirle lo que sentía y así sucedió, ella aceptó con gusto. ¡Llegó el día! de esa esplendida tarde tranquila, y sin mucha prisa caminaba al restaurante. Me sentía muy nervioso, tanto que las manos me sudaban y entonces meditaba, "Hoy es el día que hablaré con ella". Cuando llegué, me topé con el dueño del restaurante y éste me dijo:
- ¿Por qué estás tan sonriente hoy? -mirándolo a los ojos le contesté:
-Es que este día es muy especial ya que he tomado la decisión de hablar con ella y declararle mi amor.
- ¡Oye, qué bien! -dijo el dueño- ¿Qué deseas tomar cuando ella llegue?.
- ¿Qué tal si nos preparas una taza de café en aquella mesa, junto a la ventana con ese hermoso paisaje que seguramente me inspirará al momento en que exprese mis sentimientos? Así voy a poder parangonarla con esa tarde perfecta.
Había llegado temprano. Esa mañana todo iba bien, pero las horas pasaban y ella no llegaba, así que comencé a sentirme aturdido, ansioso al ver que no aparecía. No quise desesperarme y decidí quedarme un poco más. A pesar de que ese día perfecto, se convirtió en un día lluvioso. Pasado un rato, el dueño del restaurante me dice:
-Amigo ya es tarde. Estamos a punto de cerrar.
-Por favor, ¡Unos minutos más! -le rogué.
-De repente sonó el teléfono, ¡Era ella! qué alegría sentí en ese momento.
- ¿Qué te pasó? -le pregunté- Te estoy esperando.
-Lo lamento, no podré ir, se me hizo tarde -respondió-. Además, recibí una visita inesperada de alguien especial. ¿Lo podemos dejar para después?.
-Está bien -dije suspirando.
La esperé con una taza de café y lleno de frustración me marché, porque ese día perfecto se convirtió en el peor de mi vida.