Estaba de lo más tranquila acomodando unas cosas en la casa, con un bebe de 1 año y algunos meses debo tener especial cuidado con las cosas que lo rodean y sobre todo lo que él puede buscar alcanzar, mientras usa sus nuevas habilidades, que aunque prematuras son directas y agiles… siempre en busca de su objetivo.
Por unos microsegundos me distraje, el silencio me hizo reaccionar… debo investigar ya, que está haciendo mi bebe. Tanto silencio es peligroso.
No escucho llanto por lo que nada malo debe estar pasando, pero… no está en el pasillo, no está en el cuarto, la casa no es muy grande pensé. Encerré el pasillo entre muebles para que no pudiera pasar para la sala y el segundo cuarto, por lo que recurrí a mi llamado… ¡Hijo! ¿Dónde estás?
Solo escucho “he” como respuesta, aunque firme y un poco bajo, ya sabía dónde estaba, en la cocina... pero ¿Cómo?
Un pequeño espacio había quedado entre el marco de la puerta y el mueble, evidentemente se escabullo y paso a la cocina, seguramente encontrare platos, envases y ollas en el piso. Que desastre tendré que recoger…
Camino rápidamente en la búsqueda de mi pequeño, y allí estaba en una esquina, algo silencioso pero sin nada entre manos… al acercarme mi nariz siente un leve aunque en cuestiones de segundos aumento indescriptiblemente un aroma agonizante. El terror del llano y de los pañales ecológicos había llegado, el número 2.
Con el olor era suficiente para imaginarme la magnitud del estado en que se encontraba el pañal, solo podía pensar en cómo poder entrarle, sin morir en el intento. Pensé en hacer una apuesta con mi esposo, para que el pierda y tenga que limpiarlo y lavarle el pañal, luego recordé que no estaba en casa y se me paso.
Solo puedo decirles que a pesar de la frecuencia de los números 2 que he limpiado, aún recuerdo con claridad ese… específicamente ese número 2.