Era cerca de las 12 del mediodía, veníamos del liceo, vi que el hombre se acercaba a nosotros y tuve miedo; mi hermana me agarró fuertemente de la mano, nos trancó el paso y la quedó mirando a los ojos como si yo no existiera.
Cuando vi que puso la mano sobre su seno, mi puño se estrelló en su frente, track, y el hombre cayó al piso.
No paramos de correr hasta llegar a la casa.
Era la primera vez que yo le daba un golpe a alguien.
No hubo mayores problemas legales, ya que el hombre estaba solicitado por la policía, además yo era menor de edad, pero los amigos más cercanos, convencieron a mi mamá, de que me alejara de Caracas por un tiempo.
Así llegué yo a "La Peña de Zulia", un caserío escondido en una montaña que queda fronterizo entre Monagas y Sucre. Allí vivía una prima lejana de mi mamá. Hice el viaje de noche y dormí casi todo el camino, me despertó un olor a huevos fritos y a leña. Era una casa rural de la época de Rómulo Betancourt, tan retorcida que no entiendo cómo se mantenía en pie.
La prima de mi mamá era una anciana de casi 100 años, mínima, de pelo gris y sonrisa espléndida.
El resto de la familia estaba para la hacienda, así que recorrí la casa en solitario, entre gallos, gallinas, pavos, cochinos, perros y gatos.
Al rato me llamó:
-Ven pa que conozcas a Margarita -ella viene siempre a ayudarme.
Margarita era una muchacha alta y flaca, blanquísima, de rostro agradable, y con una cintura y unos senos imposibles de ocultar.
-Margarita, agarra las taparas para que vayas a buscar el agua al manantial -le dijo entregándole taparas metidas en una mara.
Margarita se trasladó hasta donde estaba Antonia, desplazándose por una "alfombra roja" de tierra y con un tongoneo impecable.
Antonia trató de convencerme de que no la acompañara.
-Eso es mucho camino pa' ti -me dijo, pero insistí, con mi orgullo herido en lo más profundo, y con las hormonas alborotadas.
Al principio el camino fue agradable y fácil, nos fuimos acercando poco a poco, en silencio; Margarita tenía una respiración fuerte, olía a aceite de coco y pasto, le tomé la mano y no dijo nada, solo sonrió. Ahora la respiración fuerte era la mía.
La mara en la cabeza con las taparas iba en perfecto equilibrio; ahora sus dedos iban entrelazados con los míos, y su cadera marcaba el ritmo de la caminata.
A medida que nos íbamos internando en el bosque, yo pensaba en qué cosa decirle para romper el hielo, la vegetación se ponía más espesa, las copas de los árboles se entrelazaban y no dejaban pasar la luz.
Hasta ahora el camino había sido plano, pero venía una bajada muy inclinada, húmeda y resbaladiza.
Ella fue la que rompió el hielo, soltó mi mano suavemente, y dijo en voz baja, casi susurrante:
-Mejor espérame aquí, el camino al manantial es muy difícil.
Hice una señal negativa con la cabeza, la tomé de nuevo de la mano, y comencé a bajar con ella.
No sé imaginaban la confianza que yo tenía en mis condiciones atléticas, aunque nunca me mostraba vanidoso, por dentro me sentía como un tigre.
Ahora el camino era más oscuro, las hojas de los árboles más grandes que había visto en mi vida, raíces que se alzaban como monstruos, los pies se hundían en un colchón de hojas secas y mojadas, las arañas tejían redes que casi no podíamos atravesar.
Margarita me soltó la mano nuevamente, se bajó la mara de la cabeza, se la colocó en su cintura, y se entregó a la fuerza de la bajada, como una hoja que se deja arrastrar por el viento; yo aceleré el paso para ponerme a su nivel, y enseguida me fui de rodillas, de barriga, de pecho, de boca, de vergüenza sobre un matorral.
Cuando margarita se devolvió a ayudarme, ya yo estaba de pie echándole la culpa a las trenzas.
Su risa espantó a unos pájaros y la hizo ver más hermosa.
Ahora ella caminaba evidentemente más lento, se veía que lo hacía para que yo pudiera ir a su lado; no entiendo cómo podía frenar aquella bajada tan fuerte, era como si tuviera un imán que la pegara a la tierra. Pero no sirvió de nada, caí como 10 veces más.
Al fin llegamos a un terreno plano, estaba exhausto, me recosté de un árbol que se hubiesen necesitado 20 personas para darle la vuelta, casi no podía ver nada, se escuchaba el sonido de un riachuelo, Graznaban algunas aves, sentí como unos sapos pasaban por mis pies, mi piel se erizó; me percaté de que estaba en un bosque cálido y tenebroso.
Ahora fue Margarita la que me tomó de la mano y me dijo:
-Ven, ya estamos llegando.
Margarita se metió dentro del pozo y comenzó a llenar las taparas; el miedo y el deseo comenzaron a combatir dentro de mí, me quité los zapatos y entré lentamente al pozo, cuando ya estaba cerca de Margarita, sentí que cientos de pequeños seres comenzaban a picar mis pies:
-Pirañas -grité.
Ahora la risa de Margarita era a carcajadas.
-Esos son los querepes –dijo -esos no hacen nada, ven, no tengas miedo.
Y entré al pozo, con los querepes comiéndome los pies, las sanguijuelas chupándome la sangre, las plagas picándome en la espalda, el cuerpo adolorido de tantos golpes; muerto de miedo, pero dejándome conducir hasta lo más hondo, que queda en el bosque más tenebroso y cálido de la primera pasión.
Antonia nos esperaba con dos tazas de café. Con una sonrisa pícara en su rostro –dijo -pero sí están empapaítos.
-Un chubasco allá abajo -dijo Margarita -vaciando las taparas en un barril.
-Sí, un chubasco -dijo Antonia -mientras meneaba el café lentamente.
Luego suspiró, miro al cielo y dijo:
-Ah tiempo que yo no sé lo que es un chubasco.
Me senté en un ture grande que estaba cerca del fogón, Margarita pasó por el lado mío con sus pies descalzos, con un machete en la mano rumbo a buscar leña, su blusa aún húmeda se ajustaba a su busto; ahora su cuerpo dejaba salir un olor a hierbabuena.
Pasé a creer que mi exilio duraría más tiempo del que pensaba.