"EL CORONEL NO TIENE QUIÉN LE ESCRIBA"
“El coronel destapó el tarro del café y comprobó que no había más que
una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el
piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla
hasta que se desprendieron las últimas raspaduras de polvo de café
revueltas con óxido de lata.
“Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla
de barro cocido en una actitud de confiada e inocente expectativa, el
coronel experimentó la sensación de que nacían hongos y lirios
venenosos en sus tripas. Era octubre. Una mañana difícil de sortear,
aun para un hombre como él que había sobrevivido a tantas mañanas
como ésa. Durante cincuenta y seis años –desde que terminó la última
guerra civil- el coronel no había hecho nada distinto a esperar. Octubre
era una de las pocas cosa que llegaban.
…
- Es un gallo que no puede perder.
- Pero suponte que pierda.
- Todavía faltan cuarenta y cinco días para empezar a pensar en eso –
dijo el coronel.
La mujer se desesperó.
«Y mientras tanto qué comemos», preguntó, y agarró al coronel por el
cuello de franela. Lo sacudió con energía. - Dime, qué comemos.
El coronel necesitó setenta y cinco años –los setenta y cinco años de
su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro,
explícito, invencible, en el momento de responder: - Mierda”.