Era la época en que uno iba a la playa a buscar novia, aunque en realidad no era eso, recuerdo una frase: "Levantarse una jeva".
Y a eso íbamos con los instrumentos indispensables:
1.- Un reproductor a cassettes (enorme)
2.- Un balón de voleibol.
3.- Un buen traje de baño (bañador, tusa).
Ese día el sol se tragaba todo, el cielo nítido competía con el mar a ver quién era el dueño del azul.
La brisa y las olas bailaban al mismo compás, olía a espuma y sal.
Por eso la ciudad se quedaba sola a las 12 del mediodía; todo el mundo estaba aquí, ebrios de trópico, de Caribe.
El grupo en cuestión, el objetivo seleccionado, se instaló debajo de una mata de coco Caribe, muy cerca de nosotros, quienes estábamos debajo de una de Guayacán.
Eran perfectas, sus bluyines volaron rápidamente como mariposas, dejando frente a nuestros ojos la inspiración que fortalecería nuestra creatividad, para improvisar rápidamente la estrategia que nos permitiera acercarnos.
Tenían escasos segundos de haber llegado cuando ya habían volado hasta el mar.
Todas menos una, esta se quedó tendida en la arena, de cúbito dorsal, se acomodó una pequeña almohadilla en el occipital, y comenzó a leer.
Una rubia, cuerpo de sirena, tendida en la arena, bajo una mata de coco Caribe, en la playa de San Luis de Cumaná, leyendo a Federico García Lorca.
Vi con claridad el título Yerma.
Yo conocía muy bien la obra, había trabajado en ella y conocía algunos parlamentos de memoria.
Sabía que tenía que ser rápido, no esperar que las otras regresarán; dije en voz alta:
"Qué haces en este sitio?, si pudieras dar voces, levantaría a todo el pueblo, para que vieran dónde iba la honra de mi casa. Pero he de ahogarlo todo y callarme porque eres mujer".
"Calla, ven y huele mi ropa, a ver si encuentras un olor que no sea tuyo".
La muchacha estaba de vacaciones en Cumaná, estudiaba teatro, y estaba preparando el papel de Yerma (Dios existe, me dije).
Ella me presentó a las otras, eran sus primas.
Ellas y mis amigos se entregaron al mar y al balón de voleibol.
Luego del parlamentazo que me dio a conocer, ella no paró de hablar de teatro.
Un poco más tarde nos fuimos a caminar por la orilla del mar, rumbo a playa "Los chivos", los muchachos vieron cómo nos alejábamos, agarrados de la mano, como si fuera mi novia de toda la vida.
Yo conocía muy bien el lugar, fuimos a un pequeño bosque de uveros, el escondite perfecto, nos tendimos en la arena. Nos entregábamos a un beso apasionado y profundo, cuando sentí la primera picada de zancudo en el cuello, me sacudí un poco y no le hice mucho caso, pero luego fueron tres zarpazos en la espalda; ella dijo:
-Coño, esto es un ataque de plagas.
-No -esas se van con la brisa -dije desesperado.
Dicho eso, se vinieron todas las plagas del mundo contra nosotros.
Salimos corriendo, nos lanzamos al mar, y todavía hasta allí nos persiguieron.
Ella me veía y se reía, y y para colmo, luego me dijo.
-Pobrecito.
-No -me respondió -esta noche me regreso a Caracas.
Las muchachas se fueron caminando rumbo a la playa del aeropuerto viejo, los muchachos se quedaron extasiados escuchando mi heróico relato, en el cual nunca aparecieron las plagas.