Desdibujo la pequeña mueca
que muchas veces me haces
creer que es una sonrisa.
No te mueves ante lo atento
de mis brazos melosos,
pareces no sentir.
Y yo me vuelvo una maestra
igualando la incompetencia
de tus bajos sentires,
donde me limito a imitarte
y seguirte a tu desprendimiento.
No es mayor tu silencio,
las palabras tienden más bien
a confundirnos y me revuelco
en la tendencia dejada por tu ausencia.
Esto se ha caído por trozos,
durante años incontables.
Mientras que durante meses,
me he percatado y solo
han caducado mis esperanzas
ya tardías. Me mantengo sin alientos
para armar lo que torbellinos
de desamor han hecho partículas.
Ahora observo en mis sueños
la figura de tu espalda;
salpica gotas de recuerdos
a través de los dulces caminos
pasionales que he recorrido
en tu cuerpo, pero que hoy
solo se han vuelto camino
sin salida y sin caminante.
Tus pequeñas arrugas de alegrías
y suspiros no son míos.
Fragante, a vainilla sugiero
armar la mitad de tus anhelos
perdidos, pero simplemente
me he engañado y desvanezco
entristeciendo más.
Juego en los dorsos de tus costillas
perfectas y de tonalidad tostada,
que suavemente dan forma cálida
beso tras beso a nuestro antiguo colchón.
Lo hemos comprado con radiantes
sonrisas un sábado de sol tenue.
No solo ahora el colchón tiene tu silueta
grabada, ni tu perfume a coco;
sino mis pensamientos que líquidos
e inertes se posan tercos en mis ojos.
Diluyo las copias envejecidas de
tu amor en un río,
en espera de que las aguas
se compadezcan de mí vacío...
Autor: Ana Pialejo