Común a uno (Comuna 1)
Mi primera impresión fue que lo había soñado, pero era realmente muy vívido. Un sueño sin imágenes. Escuchaba una melodía lejana. Agradable. Afinada. Y esa música se hacía cada vez más cercana. Esa dulzura y suavidad venía de un instrumento musical que al rato pude identificar como una flauta.
La melodía se me acercaba cada vez más, tanto que pude distinguir claramente que se trataba de una quena, a pesar de que en el sueño no aparecían imágenes del Altiplano.
Sentí una atracción misteriosa y oculta. Una profunda fascinación. Ahora la oía mucho más cerca, tan fuerte que desperté.
Busqué mis anteojos en el momento que la música agradable comenzó a sonar nuevamente. Miré el reloj y eran las ocho menos diez de la mañana.
¿Vendrá de un auto? – pensé, mientras aún dormido trataba de mirar a través de la ventana desde mi décimo piso que estaba con la persiana baja.
Esa armonía se iba atenuando despacio, muy despacio, como si el auto se estuviera yendo a dos kilómetros por hora, hasta que ya no la oí más.
A la mañana siguiente, alrededor de las nueve volví a oír esa música agradable que ayer me había hechizado. Tenía la persiana de mi cuarto levantada que me ofrecía una hermosa vista del Rulero de Carlos Pellegrini y Libertador. Otra vez me embriagó su dulzura y producía en mí un placer sensual, una atracción indescriptible.
A pesar de que los temas que interpretaba no eran de mi preferencia, no podía dejar de cautivarme con su dulce sonido. La curiosidad por conocer quien era aquél virtuoso músico me hizo bajar los diez pisos lo más rápido que pude.
Aún adormecido, como si estuviera con la resaca de una buena borrachera, enfilé por Suipacha hacia Santa Fe. Cada tanto, dependiendo del viento, llegaba algún acorde lejano que me hacía dudar. En la puerta de la Comisaría 15º le pregunté a un agente y me dijo que pudo haber tomado el pasaje Sargento Cabral. Nadie toma ese pasaje. Decidí seguir hasta Santa Fe. Apuré mis pasos pero me detuve para leer una placa en el piso, en el 1111 de Suipacha. Lo que toda mi vida llamé edificio Olivetti se llamó siempre Edificio Brunetta, algo que aprendí en esta búsqueda. Decidí doblar a la izquierda hacia Plaza San Martín. Fue un error porque los ruidos del transito no daban lugar para oír otra cosa.
Al llegar a Esmeralda me detuve y afiné mis oídos pero nada. Desde allí podía ver el Edificio Kavannagh, el Monumento al General San Martín que con su dedo parecía indicarme la dirección que debía seguir.
Tomé por Esmeralda hasta Juncal disfruté mirando las tres cuadras más bonitas de Buenos Aires. El Edificio Saint, El Palacio Anchorena o San Martín, el Nuevo Edificio Cancillería hasta llegar al majestuoso Edificio Estrugamou. Algo me llevó a continuar hasta Arroyo y serpentear su aristocrático recodo, dejando atrás otros dos colosos; el Mihanovich y el Bencich. Pasar por la puerta del legendario Mau-Mau, hoy edificio de departamentos, que me trajo de regreso a la música y al motivo de mi búsqueda.
Pero no había rastros. No se oía nada. Nada de la quena.
Mi mirada se clavó en la esquina de Arroyo y Suipacha, una de las heridas más profundas en la ciudad de Buenos Aires, en lo que quedó de la Embajada de Israel, convertida hoy en plaza seca luego de su implosión en 1992. Enfrente, la Parroquia Madre Admirable y sobre Suipacha, barranca abajo, el Palacio Noel o Museo Isaac Fernández Blanco. Abandoné la búsqueda y me volví a casa.
Ninguna melodía agradable. Solo unos frenos de aire de un colectivo que se detuvo en la parada del 101 sobre Juncal, una bocina estridente de una moto, el áspero cepillo del barrendero contra la calle. Pero nada de música.
Aún retumbaban en mi cabeza los acordes de aquella quena mágica. Debía conocer a mi flautista de Hamelín que con su arte me había embelesado. ¿Habrá una muchedumbre hipnotizada siguiéndolo por las calles de Buenos Aires?
Ese pensamiento volvió a aparecer igual que el primer día. Quien fuera el que sea debe ser un músico muy conocido. Tal vez de fama internacional. Jamás he escuchado alguien ejecutando la quena de esa manera tan perfecta y sincronizada. Un verdadero virtuoso. Un genio. De un colorido musical impresionante.
A la mañana siguiente, escuché a lo lejos el sonido de la quena. Creí distinguir que se trataba de la Chacarera del Rancho, de los Hermanos Ávalos.
Llamé el ascensor y para bajar lo más rápido posible, me terminé de vestir en su interior. Al llegar a la calle todavía seguía sonando la chacarera, deliciosa, alegre y contagiosa que de suerte no solo producía en mí un profundo deleite, conmoviendo mi sensibilidad.
Crucé la calle casi sin mirar. Y lo vi. Me quedé paralizado. Estaba allí parado. Vestido con harapos. Los ojos se me humedecieron mientras me preguntaba, ¿cómo una persona que aparentemente no tiene nada, pueda ofrecer tanto?
Guardó cuidadosamente su quena en su mochila hecha jirones.
Contrariamente a lo que me había imaginado, como un flautista al que lo seguía un gentío, era el último en la fila detrás de otras ocho personas que como él estaban en situación de calle y esperaban en la vereda recibir el desayuno que se sirve en forma gratuita en el Hogar Monseñor Albisetti y que funciona en la Basílica Nuestra Señora del Socorro, en Retiro, frente a mi casa.