Soy la madre de Marco Aurelio, que hace mas de dos años atrás tuvo que sobrevivir a la noticia del diagnóstico inesperado de su hijo. La misma que se pregunto miles de veces: “¿Porqué él? ¿Porqué yo?” Y aún sumergida en el dolor de lo incierto y la confusión de lo inesperado, ni un sólo día dejó de amarlo y creer en él.
Soy la madre que cuando su hijo empezó el colegio, decidió que empezaría junto a él y que lo acompañaría en cada paso, porque se dio cuenta de que si ella no hacía su tarea, él jamás podría hacer la suya.
Soy la que tuvo que despertar a fuerza de golpes y sacudidas, porque en este camino de amor criando un hijo con discapacidad, uno termina entendiendo que no hay nadie como una madre o un padre, y que nunca nadie defenderá y amará a ese hijo como lo hacemos nosotros.
Soy la madre que se ha hecho un auto-lavado de cerebro para creer sin dudas que su hijo puede, y que la colaboración con otros seres humanos en pro de su éxito es posible. Así que, cuando le niegas a mi hijo su derecho a pertenecer y estar expuesto a lo que merece, soy la madre de la persona a la que estás discriminando.
Y puedes tratar de justificarte hablando de discapacidad, de evaluaciones y de limitaciones, pero porque yo soy su madre, nunca me voy a rendir y siempre voy a creer que el problema no es su discapacidad, sino tu incapacidad de encontrar otro modo de hacerlo posible.
Porque soy la madre que sin importar los retos, está dispuesta a todo y más, para asegurarle a su hijo la mejor educación posible y la vida que se merece. Soy la madre que cree en su hijo y nunca dudaría de su capacidad, porque hace mucho tiempo entendió que la única discapacidad peligrosa es el prejuicio y la estrechez de mente.
Y mejor aún, no soy la única, porque hay millones como yo escribiendo a pulso el futuro de sus hijos con amor y fe.