En mi casa habita un monstruo que nos obliga a caminar con pies de plomo. Vivimos sobre cáscaras de huevo y andamos por un campo minado, siempre de puntitas.
Este monstruo nos impone el silencio; nos hace hablar bajito, comunicarnos con señas o callar por completo para evitar que se despierte. Porque cuando lo hace, la furia se desata:
• Gritos que ensordecen.
• Golpes secos sobre la mesa.
• Sillas que vuelan por el aire.
• Cosas rotas por el suelo.
Su voz retumba con dureza y nos llena, a veces de temor, y otras tantas de una profunda tristeza. Hoy, el monstruo nos sorprendió susurrando, intentando no molestarlo, y su reacción fue una sentencia cargada de ironía y volumen:
"Miren lo que hacen para no despertarme".
Ese momento instaló en nosotras un silencio sepulcral y un miedo terrible. La decisión está tomada: ya no queremos seguir viviendo con el monstruo.