En el pequeño pueblo de San José, se contaba la historia de un perro fantasma que rondaba por la noche. Se decía que era el espíritu de un perro que había sido asesinado por su dueño, un hombre cruel y abusivo.
El perro, un pastor alemán llamado Lobo, era un animal cariñoso y leal. Era el mejor amigo de su dueño, un niño llamado Juan. Los dos se pasaban todo el día jugando juntos en el bosque.
Un día, Juan y Lobo estaban jugando en el bosque cuando Juan se encontró con un grupo de niños mayores. Los niños mayores empezaron a molestar a Juan y a Lobo. Juan trató de defenderse, pero los niños mayores eran más fuertes que él.
El dueño de Juan, que había estado observando la escena, se enfureció. Salió corriendo del bosque y empezó a golpear a los niños mayores. Los niños mayores huyeron, pero el dueño de Juan se desquitó con Lobo.
El dueño de Juan agarró a Lobo por el cuello y lo estranguló hasta la muerte. Juan, que había presenciado toda la escena, quedó devastado.
Desde ese día, se decía que el espíritu de Lobo rondaba por la noche en busca de venganza. Se decía que se podía ver a un perro negro y fantasmal vagando por el bosque, aullando de dolor y rabia.
Una noche, un grupo de jóvenes decidieron ir al bosque para comprobar si la historia era cierta. Se adentraron en el bosque a altas horas de la noche, armados con linternas y cámaras.
Los jóvenes caminaron durante un rato, pero no vieron nada fuera de lo normal. Estaban a punto de darse la vuelta cuando oyeron un aullido desgarrador.
Los jóvenes se giraron y vieron a un perro negro parado frente a ellos. El perro tenía los ojos rojos como el fuego y su pelaje estaba cubierto de sangre.
Los jóvenes gritaron de miedo y empezaron a correr. El perro los perseguía, aullando cada vez más fuerte.
Los jóvenes corrieron tan rápido como pudieron, pero el perro los seguía de cerca. Finalmente, los jóvenes llegaron al borde del bosque y se lanzaron a correr por el campo abierto.
El perro los siguió durante un rato, pero finalmente se rindió y desapareció en la oscuridad.
Los jóvenes estaban aterrados. No podían creer lo que habían visto. Sabían que la historia del perro fantasma era real.
Los jóvenes nunca volvieron al bosque. Pero la leyenda del perro fantasma sigue viva en San José. Se dice que todavía se puede ver al perro negro vagando por el bosque, buscando venganza.
Capítulo 2
Los jóvenes, que no podían creer lo que habían visto, decidieron regresar al bosque la noche siguiente. Querían saber más sobre el perro fantasma.
Equipados con más linternas y cámaras, los jóvenes se adentraron en el bosque. Esta vez, estaban decididos a encontrar al perro fantasma.
Los jóvenes caminaron durante horas, pero no vieron nada. Estaban a punto de darse la vuelta cuando oyeron un aullido en la distancia.
Los jóvenes se dirigieron hacia el sonido y pronto vieron al perro fantasma. El perro estaba parado en medio del bosque, aullando de dolor y rabia.
Los jóvenes estaban paralizados por el miedo. No sabían qué hacer.
El perro fantasma se acercó a los jóvenes, aullando cada vez más fuerte. Los jóvenes gritaron de miedo y empezaron a correr.
El perro fantasma los perseguía, cada vez más cerca. Los jóvenes corrían tan rápido como podían, pero el perro fantasma era más rápido.
Los jóvenes estaban a punto de ser alcanzados cuando uno de ellos, una joven llamada Ana, tuvo una idea.
Ana se detuvo y se volvió hacia el perro fantasma. "Lobo," dijo. "Soy Ana. Soy amiga de Juan."
El perro fantasma se detuvo y lo miró. Sus ojos rojos se suavizaron un poco.
"Juan está bien," dijo Ana. "Está con su familia ahora."
El perro fantasma gimió y se acercó a Ana. Ana lo acarició suavemente y le habló con voz suave.
El perro fantasma se calmó y finalmente se tumbó a los pies de Ana. Ana se sentó junto a él y lo abrazó.
Los jóvenes se quedaron allí, con Ana abrazando al perro fantasma, durante un largo rato. Finalmente, el perro fantasma se levantó y se alejó.
Los jóvenes lo siguieron con la mirada hasta que desapareció en la oscuridad.
Ana se volvió hacia sus amigos. "Creo que ya no tenemos que temer al perro fantasma," dijo.
Los jóvenes sonrieron. Sabían que Ana tenía razón. El perro fantasma había encontrado la paz