San Pedro de Rocas, es algo más que un arruinado conjunto monasterial: es un lugar donde el tiempo, por alguna curiosa, indeterminada y poco conocida ley de la paradoja, parece haberse detenido, con una tenacidad inaudita, en esa delgada línea roja que separa la historia de la leyenda, hasta el punto de ofrecernos la visión de un lugar, sin duda alguna especial, cuya primitiva concepción no sólo causa vértigo sino que además, sobrecoge y emociona. Sobre todo, si tenemos en cuenta que no sólo se hace referencia al más antiguo de los monasterios de la Ribeira Sacra, sino probablemente también, al más antiguo, y a la vez, al menos conocido de todos los monasterios de Galicia. Situado en el municipio orensano de Esgos –de donde era natural Manuel Blanco, Romasanta, en cuyos frondosos bosques perpetrara los más atroces crímenes, en lo que constituye el mejor y único caso documentado de licantropía en España-, sus orígenes son tan inciertos, como aquéllas primeras comunidades cristianas que se supone que lo habitaron.
No es banal, por otra parte, que haciendo referencia, precisamente a ellas, surja con fuerza el nombre de una personalidad, cuya relevancia continúa coleando en esa otra realidad que todavía enfrenta a los investigadores, con respecto a la verdadera naturaleza de los restos que se custodian y veneran en la catedral de Santiago de Compostela: Prisciliano. En efecto: no son pocos los estudios, las teorías y los convencimientos, de que en realidad, lo que piadosamente se venera en Compostela, no son los restos del Apóstol Santiago –cuyas predicaciones y la posterior llegada de su cuerpo a las costas gallegas, pertenecen más al ámbito hipotético de la leyenda que a la realidad-, sino los de éste otro personaje, que siendo obispo de Ávila y gozando de una posición, de una cultura y de unas dotes elevadas para su tiempo, predicara una forma más pura de cristianismo, que poco o nada tenía que ver con los considerandos de una Iglesia que ya comenzaba a flirtear peligrosamente con la corrupción y el poder.
De hecho, y después de incendiar Galicia, allá, por el siglo IV, con una prédica que llevaba, curiosamente, el nombre de El Camino –aquí, sí que se podría decir que el Diablo tiró los dados, apuntándose un triunfo-, fue convocado a Tréveris, donde se le juzgó, se le condenó y posteriormente, se le decapitó. Se supone, que fueron algunos de sus discípulos los que trajeron de vuelta sus restos a Galicia, dándole honrosa y secreta sepultura en el bosque de Llibredón –antiguo lugar sagrado de los celtas-, en un sitio conocido como campus stellae, denominación que parece corresponderse más con la noción de cementerio –campo de estelas-, que con la versión dorada y cristianizada de la Inventio: campo de estrellas.
Especulaciones aparte, sí que parece cierto que las primeras comunidades asentadas en éste fantástico lugar, mantuvieron un cristianismo comunal, en el que familias enteras practicaban una forma de vida austera, en concordancia con los preceptos de pobreza, humildad y aislamiento, integradas en un ambiente natural realmente pródigo y espectacular, del que sin embargo, no se libraron, tampoco, de las razzias o expediciones de conquista y saqueo, que tan frecuentemente realizaba desde el Califato de Córdoba, aquélla auténtica bestia negra para los cristianos, que fue el caudillo Almanzor.
Abandonado, en consecuencia, durante una incierta época, se sabe, por un documento fechado en el año 1007 –siendo rey Alfonso V, continuador de la regla benedictina implantada por Alfonso III el Magno-, que volvió a ser ocupado. Y aquí, interviene el espíritu inquieto de la leyenda, cuando se refiere que un grupo de caballeros –del que se recuerda sólo el nombre de Gemodus-, inmersos en una aventura de caza y por designios inescrutables –podría decirse, que sobrenaturales-, descubrieron el lugar. Tema que, como se sabe, podría compararse con el descubrimiento, o mejor dicho, el redescubrimiento del lugar sagrado, que daría pie a la creación de numerosos cenobios, como el monasterio de San Juan de la Peña, en Jaca, Huesca, que pasarían a la historia por sus especiales características y por supuesto, por su intrínseca relevancia.