¡Hola a todos en la comunidad!
Hoy quiero invitarlos a viajar conmigo en el tiempo, hacia las faldas de la Sierra Maestra en el oriente de mi Cuba. Quienes vivimos en esta isla sabemos que el café no es solo una bebida; es un ritual, una herencia y, a veces, el escenario de las historias más profundas.
Como escritora, siempre me ha fascinado la huella que dejaron los colonos franceses en nuestras montañas y cómo ese aroma a grano tostado se entrelazó con nuestra propia identidad. Este cuento nace de esa mezcla de historia y leyenda. Es un relato sobre la paciencia, el respeto a la tierra y un amor que, como el buen café, se cultiva a fuego lento y perdura a través de los siglos.
Espero que puedan disfrutar de esta lectura tanto como se disfruta una taza recién colada en una mañana de neblina.

(Imagen de un cafetal Cubano, tomado de la red)
EL SECRETO DE LA FINCA "LA ESPERANZA" .
El año era 1890. En las faldas de la Sierra Maestra, el aire se espesaba con el aroma de los cafetales en flor, una alfombra blanca que parecía nieve caída del cielo tropical. Sebastián, el joven heredero de una vasta plantación de origen francés, no era el típico patrón de botas limpias. Le gustaba madrugar tanto como a sus jornaleros, obsesionado con la técnica del beneficio seco, aquel método que los colonos trajeron de Saint-Domingue y que convertía al grano cubano en el más codiciado de Europa.
Entre las hileras de cafetos conoció a Isabel. Ella no solo era la recolectora más rápida; tenía un don. Isabel no arrancaba los granos a puñados; seleccionaba solo las cerezas de un rojo carmesí profundo, el punto exacto de maduración que los expertos llaman "sangre de toro".
—El café tiene memoria, Don Sebastián —le dijo ella una tarde, sin levantar la vista de su canasta de mimbre—. Si lo trata con prisa, le devolverá amargura. Si lo trata con respeto, le entregará su alma.
Sebastián, cautivado por la sabiduría empírica de la joven, comenzó a buscar excusas para supervisar el sector donde ella trabajaba. Los datos reales de la época dictaban una distancia insalvable entre sus mundos: él era el dueño de los secaderos y las grandes casonas de piedra; ella era la hija de la montaña. Sin embargo, el café fue su puente.
Una noche, bajo la luz de una luna que plateaba las hojas de los arbustos, se encontraron en el glacis, los grandes patios de secado. Allí, mientras removían los granos con rastrillos de madera para que el sol del día siguiente no los quemara desigualmente, Sebastián le confesó su plan: quería crear una mezcla única, un café que no fuera para exportar, sino para sellar una promesa.
—Dicen que el primer cafetal de Cuba nació en el Wajay —susurró él—, pero yo quiero que el último que se recuerde sea el que cultivemos juntos aquí.
El romance floreció entre el estruendo de las despulpadoras y el silencio de los senderos empinados. Se amaron con la paciencia que exige el grano: desde la siembra a la sombra de los árboles de guamá hasta el tostado final en cazuelas de hierro.
Años después, cuando los antiguos cafetales franceses del sudeste de Cuba fueron abandonados por las guerras, quedó una leyenda en la Sierra. Se dice que, en los días de neblina, todavía se siente un aroma dulce y terroso cerca de las ruinas de "La Esperanza". No es solo el café silvestre que sigue creciendo entre las piedras; es el recuerdo de Isabel y Sebastián, quienes demostraron que, en esta isla, el amor y el café son la misma sustancia: oscura, fuerte y eterna.
Idalidia Zaragoza Avila
Poeta y escritora cubana. Derechos Reservados de Autor.
Para mis lectores:
El café siempre ha sido el compañero fiel de mis madrugadas de escritura. Me encantaría saber: ¿Y a ustedes, cómo les gusta su café? , ¿Tienen algún recuerdo especial que les traiga su aroma?. Los leo en los comentarios.
