¿Para qué gastar agua en un cadáver? Pregunta irónicamente uno de los miembros de la desafortunada tripulación del Pequod, hundido por el imponente cachalote Movy-Dick.
El hombre de mar pregunta y alerta. Sabe que el líquido preciado, luego de un naufragio, será esencial en días venideros.
Insistir en gastar la poca agua, tal vez como remedio desesperado, en un ser que da sus últimos alimentos, es una forma de pérdida de tiempo fatal, de recursos que pueden emplearse entre los sobrevivientes del Pequod,(Essex, en la realidad).
Cada vez que leo la novela Moby-Dick, de Herman Melville, me estremezco. Es una obra llena de gracia y sabiduría.
Y cada vez que escucho los reclamos y proyectos relacionados con la rehabilitación del Hotel Comercio, me lleno de nostalgia y me invaden, no obstante, la razón, los cuestionamientos.
Muy cierto es que este edificio es emblemático del panorama pinareño por las razones que todos sabemos y que creo están de más repetir aquí.
La belleza que desprende aún casi en ruinas, nos recuerda sus mejores días, también evoca los mejores días de la cuidad.
Por eso nos duele mucho que el "Comercio" haya caído en un proceso de deterioro acelerado y que ahora mismo, de algún modo, su presencia fantasmal desluzca las ansias de revitalizar la belleza de nuestra ciudad.
Está claro para todos: está en peligro de derrumbe. Como todo en esta vida entró en su etapa final.
Desde los cimientos hasta la cúspide, sus estructuras metálicas están oxidadas, incluso por dentro de la mampostería, que también tiene un deterioro enorme, casi descomunal.
Insistir, desde mi punto de vista, en la rehabilitación del Hotel Comercio, cuando menos, es un acto de ciego amor, de falta de cordura, es una pérdida de tiempo y capital que se puede utilizar en levantar un edificio idéntico(como se debe proceder según las leyes del Patrimonio Cultural), o en restaurar construcciones como el Hotel Italia o el Cine-Teatro Saiden o ayudar a salvaguardar el Teatro Milanés; que necesita ser remozado ante su deterioro( rotura de lunetas y daño en su infraestructura de madera, en todas partes).
Sabemos que el edificio, por su nivel de acelerado deterioro, grave diría, está a punto de colapsar y que cualquier mañana solo encontraremos sus restos tendidos sobre el amplio placer de la calle Martí, y sin embargo, insistimos en proyectar ideas para rescatar lo que hace muchos años es solo un acceso directo a la memoria.
Aceptar la pérdida es triste, difícil. Pero ya es hora de llenarnos de valor y comprender que el otrora, Hotel Comercio, ya no es.
Por las razones que sean, sobre todo por el tiempo, nada en él es casi salvable. Todo está en crisis infraestructural. Invertir en tratar de levantar este pesado cadáver, nos duele ciertamente aceptarlo, será un acto fallido que costará al país, que no puede ahora mismo darse lujos de errores.
Quizás haya interesados en involucrarse en el proyecto- que siempre genera ingresos para defensores de planes, planos, decoraciones-pero la realidad operativa es que de suceder la reparación del lugar, este no tardará en dar muestras de que ya no es de este mundo. Se enfriará y mostrará sus yagas. Volverá lentamente a decaer porque en sus entrañas no se sostienen, están más dañadas de lo que se piensa, de lo que se ve.
Entonces llegará el pesar del porqué invertimos en un proyecto que al final no duró nada en pie. Hemos perdido tiempo, recursos y dinero tan necesarios para generar otros proyectos imprescindibles para nuestra hermosa cuidad.
Así pues, antes de dar agua a un cadáver, antes bien deberíamos pensar si vale la pena.
También se debería evaluar por parte de los inversores qué intereses, quiénes y por qué defienden el proyecto.
Estos tiempos imponen actuar por razón y no por pasión. Reclaman sensatez y tino.
Quizás, ya antes lo decía, si de algún modo se ama esta joya de la arquitectura piñareña, el modo de salvarla sea haciéndola caer, y levantando en su lugar un edificio idéntico, sin riesgos, sin posibilidad ni margen al error.
Esa sería la forma de no privarnos de la imagen mágica, idílica que irradió el Comercio, en su tiempo de esplendor.
Perderlo, sería quitarnos un pedazo de nuestra corporalidad. Levantarlo, pese al costo, generaría confort y un aire de tranquilidad, seguridad, fortaleza a la ciudad.
Esto, desde luego, depende de lo que se pueda hacer y de las urgencias que se planteen en el territorio, de los inversores que estén dispuestos.
Más, ahora, sólo puedo sostener que arriesgarse a levantar al Comercio, sería como resucitar, volver a la vida a los restos fósiles de un Mamut. Gasto de esfuerzo y tiempo que pasará factura.
No obstante, sólo es una mirada a un fenómeno que queda proyectado hacia el futuro.
No obstante, las palabras de Herman Melville, en Movy-Dick, se me devuelven mientras cierro la novela de gruesas páginas, pero siempre sabías.
¿Para qué gastar agua en un cadáver?
Fotos: Propiedad del autor.