E
l repicar de la aldaba de hierro contra la madera de roble resonó en toda la planta baja, un sonido seco que pareció vibrar en los huesos de Ana. Al abrir la puerta, la figura espigada del Padre Thomas se recortaba contra la bruma grisácea que subía desde el canal. Su sonrisa era cordial, pero sus ojos, del color del acero frío, se movían con una agilidad inquietante, registrando cada rincón antes de dar el primer paso.
—Solo una visita de cortesía, Ana —dijo Thomas, dejando su sombrero sobre la mesa del vestíbulo—. En Ámsterdam, estas casas viejas suelen quejarse mucho cuando reciben inquilinos nuevos. Quería asegurarme de que el silencio no sea demasiado... pesado para ti.
El recorrido por las sombras
Thomas comenzó a caminar sin esperar invitación, moviéndose con una familiaridad que Ana no recordaba haberle otorgado.
El Salón de los Retratos: Entraron en la estancia principal. Las paredes estaban cubiertas de un papel tapiz de damasco tan oscuro que parecía absorber la luz de las velas. El padre se detuvo frente a un retrato de un mercader del siglo XVII cuya mirada parecía seguir cada movimiento. Thomas pasó un dedo por el marco dorado, retirando un rastro de polvo inexistente.
El Pasillo de los Espejos: Al subir a la primera planta, el pasillo se estrechaba. Los espejos enfrentados creaban un efecto de túnel infinito. Ana notó que Thomas no miraba su propio reflejo, sino que observaba fijamente el espacio vacío detrás de la imagen de Ana en el cristal.
La Habitación de los Invitados: Una alcoba con techos altísimos y vigas de madera carbonizada por un incendio antiguo. El aire aquí era notablemente más frío. Thomas se situó en el centro exacto de la habitación, cerrando los ojos por un segundo, como si escuchara un susurro proveniente de las tablas del suelo.
Un diálogo entre sombras
Thomas se detuvo frente a la ventana que daba al jardín trasero, un cuadrado de tierra yerma donde nada crecía. Ana se mantuvo cerca de la puerta, con las manos entrelazadas con fuerza.
—Esta casa tiene una geometría peculiar, ¿no crees, Ana? —preguntó Thomas sin volverse—. Los ángulos no son del todo rectos. Si uno mira lo suficiente, parece que las paredes se inclinan hacia el centro, como si quisieran atrapar lo que sea que respire aquí dentro.
—A veces siento que la casa me observa —admitió Ana, bajando la voz—. Como si esperara que yo cometiera un error.
Thomas se giró lentamente. La luz mortecina de la tarde hacía que las cuencas de sus ojos parecieran pozos negros.
—El error no es estar aquí, Ana. El error es creer que uno está solo. Dime, ¿has vuelto a oír el goteo en el ático? Ese sonido que no deja mancha de agua, pero que suena como... pasos constantes.
Ana sintió un escalofrío. Ella nunca le había mencionado el ático.
—¿Cómo sabe lo del sonido? —inquirió ella, dando un paso atrás.
Thomas dio un paso hacia ella, acortando la distancia. Su voz bajó a un susurro que parecía vibrar en las paredes mismas.
—Porque el primer inquilino no se fue por miedo a la oscuridad, sino por miedo a lo que la oscuridad le reveló sobre sí mismo. Ten cuidado con lo que buscas en los rincones olvidados de esta casa, hija mía. A veces, cuando uno llama a una puerta cerrada durante demasiado tiempo, algo del otro lado decide, finalmente, abrirla.
Thomas le dedicó una última inclinación de cabeza, recuperó su sombrero y salió de la habitación, dejando tras de sí un intenso olor a incienso viejo y el eco de una advertencia que Ana sabía que no podría ignorar.