El sol de la mañana entraba en la casa como un intruso, revelando partículas de polvo que danzaban en el aire denso. Ana decidió que la única forma de recuperar el control sobre su cordura era imponer orden. Si limpiaba la suciedad, si pulía los suelos y despejaba los rincones, quizás el miedo también se marcharía.
Sin embargo, la casa parecía tener otros planes. Cada vez que Ana retiraba una capa de olvido, la estructura respondía revelando cicatrices.
El hallazgo bajo la alfombra
Mientras movía la pesada alfombra persa del salón principal —aquella que Thomas había evitado pisar durante su visita—, el cepillo de madera tropezó con algo metálico. Ana se arrodilló y descubrió una trampilla de latón, apenas del tamaño de una mano, integrada perfectamente en el parqué.
Al abrirla, no encontró un sótano, sino un hueco estrecho que contenía tres objetos envueltos en seda negra:
Un juego de llaves oxidadas: Eran siete llaves unidas por un alambre de cobre. Lo que le heló la sangre fue la etiqueta de cartón que colgaba de ellas. Con una caligrafía temblorosa, alguien había escrito: “Las puertas que no se deben abrir ya no tienen cerradura”.
Un zapato infantil: Un pequeño zapato de charol con un lazo azul, idéntico al que Thomas recordaba de las niñas Van den Berg. El zapato no estaba viejo; parecía que alguien lo hubiera dejado allí hacía apenas unos minutos, pero cuando Ana lo tocó, el cuero se deshizo en un polvo grisáceo bajo sus dedos.
Un fajo de fotografías: Eran retratos de los antiguos inquilinos, pero todos tenían algo en común: los ojos habían sido rascados con un objeto punzante, dejando solo agujeros blancos en el papel.
La pared que susurra
Impresionada, Ana se trasladó a la cocina para buscar agua, pero un reflejo en la pared de azulejos blancos captó su atención. Detrás de la estufa, uno de los azulejos estaba ligeramente desencajado. Al retirarlo, Ana no encontró tuberías, sino un espacio hueco lleno de cabello humano.
Eran mechones de diferentes colores y longitudes, trenzados entre sí con un hilo rojo, formando una especie de red que se extendía por el interior del muro. Ana sintió una náusea violenta. Al tirar ligeramente de un extremo, escuchó un crujido de madera arriba, en el segundo piso, como si la red de cabello estuviera conectada directamente a la estructura de la casa.
La conversación con el vacío
Ana retrocedió hasta el centro de la cocina, con el corazón martilleando contra sus costillas. Fue entonces cuando notó el silencio. Un silencio absoluto, como si la ciudad de Ámsterdam hubiera desaparecido fuera de los muros.
—¿Qué quieres de mí? —susurró Ana, con la voz rota.
No hubo una respuesta vocal, pero el vaho de su propio aliento comenzó a hacerse visible, a pesar de que no hacía frío. En el cristal de la ventana, empañado por ese frío repentino, empezaron a aparecer letras trazadas desde el exterior, aunque no había nadie en el jardín:
" M E Y E R "
El apellido que Thomas había mencionado en sus archivos secretos apareció escrito con una caligrafía elegante y antigua. Debajo del nombre, una frase que le causó una impresión definitiva:
"NOSOTROS TODAVÍA ESTAMOS EN LA MADERA"
Ana soltó el trapo de limpieza y se hundió en una silla. Los objetos que había encontrado no eran basura, eran trofeos. La casa no estaba vacía; estaba llena de la esencia de aquellos que Thomas había visto desaparecer. Cada rincón que limpiaba era una herida que volvía a abrir, y Ana comprendió que, al intentar ordenar la casa, solo estaba preparando el escenario para su propio acto final.