No hay peor suerte para un hombre de ciudad que perderse en los bosques de Cienfuegos cuando el sol se rinde. Matías lo sabía, pero el atajo que le habían prometido parecía la única forma de llegar a Palmira antes de que la noche devorara los caminos de tierra. La promesa resultó ser una trampa verde.
El primer indicio no fue visual, sino sonoro. El murmullo habitual de los insectos y las aves tropicales cesó de golpe, como si una mano invisible hubiera silenciado la selva. El silencio que siguió no fue pacífico; era un silencio espeso, cargado, que se adhería a la piel como el sudor frío.
Matías detuvo su viejo jeep. El motor carraspeó antes de apagarse, y el repentino vacío sonoro hizo que sus propios latidos tronaran en sus oídos. Los árboles a su alrededor no eran los samanes o las ceibas familiares. Eran árboles flacos, de una palidez enfermiza, con cortezas que recordaban a la piel muerta de un leproso. Se inclinaban unos hacia otros, sus ramas entrelazadas formando una bóveda que apenas dejaba pasar el último rastro de luz.
—No es más que paranoia —se dijo Matías en voz alta, aunque su voz sonó extraña, sin eco.
Bajó del vehículo. El aire olía a tierra vieja y a algo más dulce, algo que recordaba a las flores de un funeral que han pasado demasiados días al sol. Intentó caminar en la dirección que creía correcta, pero el bosque parecía poseer una geografía maleable. Cada vez que pasaba junto a un tronco con una forma distintiva, juraba volver a verlo diez minutos después.
La oscuridad total llegó con una rapidez antinatural. Matías encendió su linterna, pero el haz de luz fue devorado por una niebla baja que comenzó a reptar entre las raíces retorcidas. Fue entonces cuando los vio.
No eran criaturas, sino formas. Manchas de una negrura más profunda que la noche, moviéndose entre la niebla. Se deslizaban con una gracia obscena, cambiando de forma, a veces pareciendo niños pequeños corriendo a gatas, a veces figuras altas y filiformes que se fundían con los troncos pálidos.
—¿Quién anda ahí? —gritó Matías, sacando un machete del cinturón.
Una risa se extendió por el bosque. No era una risa humana. Sonaba como el crujido de la madera seca al romperse y el siseo de una serpiente al unísono. La risa no venía de un lugar específico; venía de todas partes, del suelo bajo sus pies y de las ramas sobre su cabeza.
Los árboles comenzaron a moverse. No por el viento, pues no corría ni una brisa, sino con un movimiento lento y deliberado. Sus ramas, como dedos huesudos, descendieron hacia él. Matías intentó retroceder, pero la niebla se solidificó a su alrededor, atrapando sus piernas como cemento.
Una de las formas oscuras se detuvo frente a él. Tenía dos puntos de luz roja donde deberían estar los ojos. Una voz, que parecía compuesta por mil susurros de personas que habían muerto allí gritando, llenó su mente:
"El bosque siempre tiene hambre, Matías. Y tú nos has traído el postre".
Matías intentó gritar, pero de su garganta solo salió un gemido ahogado. La última imagen que registraron sus ojos antes de que la linterna se apagara para siempre fue la de su jeep, cubierto de las mismas ramas pálidas y huesudas que ahora lo rodeaban, fundiéndose con el paisaje como si nunca hubiera existido.
El bosque volvió a su silencio espeso. Los árboles blancos parecían un poco más altos esa noche, y en la corteza de uno de ellos, una forma vagamente humana, con una expresión de eterno terror tallada en la madera, comenzó a formarse.