Dios le da barbas al que no tiene quijada. Esa frase me viene a la cabeza cada vez que intento poner un capítulo de From, y digo intento porque entre un apagón que te deja en penumbras y otro que te borra la señal de raíz, voy armando la trama con retazos, como nosotros los hombres que damos puntadas al coser una aquí y la otra a 10 kilómetros de distancia. Para los que aún no se han metido en este laberinto, les cuento rápido y sin rodeos: existe un pueblo antiguo, aislado, de esos que parecen sacados de un sueño pesado que no logras recordar por completo. Se llega por una carretera que surge de la nada, sin aviso, sin cartel, sin lógica. Una vez que cruzas el límite, el camino se cierra, se dobla sobre sí mismo o simplemente se desvanece en la neblina. Y ya está. No hay salida. El lugar no tiene nombre oficial, o al menos nadie lo pronuncia, y sus habitantes son gente corriente que, por azar o por capricho de algún guionista con demasiada imaginación, terminaron atrapados sin mapa ni brújula. La regla es simple y brutal: cuando cae el sol, todo el mundo se encierra en las casas, cierra ventanas, atranca puertas y coloca en el marco un objeto extraño, una especie de piedra tallada con símbolos que nadie sabe de dónde vino ni cómo funciona, pero que resulta ser la única barrera entre la vida y una muerte segura. Porque afuera, en el bosque que rodea el asentamiento, esperan ellos. No son fantasmas de manual, ni demonios de leyenda antigua. Son figuras humanoides, pálidas, con sonrisas que no encajan en ningún rostro humano, que se mueven con una fluidez antinatural, que imitan voces con precisión quirúrgica, que juegan con la mente, que saben exactamente dónde tocar para que la presa se paralice. Y si un talismán falla, si una puerta queda mal cerrada, si alguien duda un segundo… el bosque se lleva otro nombre.
A mí, sinceramente, los monstruos no me dan miedo. Llevo años viendo cómo la vida real supera cualquier guion de terror, y he aprendido que lo verdaderamente aterrador no es lo que sale de entre los árboles, sino lo que se queda dentro de las paredes cuando se va la luz y no vuelve. Por eso, en lugar de gritar cuando aparece una de esas criaturas arrastrándose por el césped, grito cuando el personaje abre el grifo y sale agua limpia, constante, a presión, sin hora, sin racionamiento, sin pipas de agua que llegue tres días tarde y que te valen entre 10 mil y 15 mil pesos. Grito cuando encienden un interruptor y la lámpara no parpadea, no se quema, no se lleva el último resto de paciencia que le quedaba al vecino. Grito cuando cocinan calmadamente con sus ollas de esas freidoras de aire y no tienen que soplar carbón durante veinte minutos, cuando no necesitan un abanico de cartón para no derretirse en la cocina, cuando no dependen de una chismosa que más que iluminar parece amenazar con volar la casa si le acercas la mano. From es una serie sobre supervivencia, sí, pero también sobre lo frágil que es la normalidad. Y eso es justo lo que me tiene pegado a la pantalla, no por el susto, sino por la ironía. Esos personajes se quejan de su encierro, de las reglas absurdas, de la falta de esperanza, y tienen razón. Claro que la tienen. Pero no se dan cuenta de que, en comparación con lo que nos toca aquí, no menciono país, viven en un paraíso con monstruos de adorno. Allá tienen luz las veinticuatro horas, agua que sale cuando giras la llave, nevera que enfría, televisor que no se apaga cuando más quieres ver cómo se desarrolla el misterio de la serie o tan solo verte la novela basileña porque la cubana mehh. Si, esos habitantes supieran lo que es vivir contando kilos, calculando watts, guardando velas como si fueran lingotes de oro, otra ave cantaría.
Lo más curioso de From es cómo te atrapa sin que te des cuenta. No es solo el miedo a lo desconocido, es la forma en que la serie te obliga a preguntarte qué harías tú en ese lugar. ¿Te adaptarías? ¿Buscarías la salida o te rendirías? ¿Confiarías en el vecino o te aislarías? Porque el verdadero terror no está solo en el bosque. Está en las miradas, en los secretos que se guardan, en las decisiones que se toman cuando el pánico aprieta. El sheriff intenta mantener el orden con reglas que nadie pidió, la alcaldesa quiere respuestas que no existen, el médico busca lógica en un lugar que la rechaza, y las familias simplemente intentan que sus hijos no pierdan la inocencia en un pueblo donde la infancia se acaba cuando cae el sol. Y entre todo eso, el misterio se va tejiendo como una telaraña: hay túneles bajo la tierra, hay señales de radio que nadie puede rastrear, hay un faro que no ilumina el mar pero parece llamar a algo, hay sueños que se repiten, hay voces que cruzan la frecuencia, hay un ciclo que nadie entiende pero que todos respetan porque el que lo rompe paga el precio de la muerte. La serie no te da respuestas fáciles. Te obliga a convivir con la duda, a aceptar que a veces no hay explicación, solo supervivencia. Y eso, créanme, es que se parece a lo que tengo en mi país.
Yo, por mi parte, llevo la cuenta de los capítulos con un cuaderno que se me ha llenado de tachones y flechas, porque entre apagón y apagón, la mente te juega malas pasadas y terminas recordando escenas que no fueron así, o confundiendo personajes que se parecen demasiado en la oscuridad. Pero hay algo que no se me borra: la envidia sana, o quizás no tan sana, de ver cómo en ese pueblo maldito, rodeado de criaturas que sonríen con dientes de vidrio, la vida sigue fluyendo con normalidad en lo esencial. Tienen agua corriente. Tienen electricidad. Tienen una farmacia que no cierra tres meses por falta de insumos. Tienen una escuela donde los niños no estudian con el sol de ventana porque no hay correinte. Tienen un pequeño comercio con estantes que no son pura ilusión óptica. Si mañana apareciera esa carretera frente a mi puerta, y si por algún milagro de la topografía imposible me dejara entrar, yo no dudaría. Haría la maleta con lo mínimo, caminaría hasta el límite, cruzaría sin mirar atrás, y me instalaría en la primera casa que encontrara disponible. Y si una de esas figuras pálidas se acercaba a la ventana, le hablaba claro: Mira, amigo, puedes intentar entrar, puedes probar con la voz de mi madre o con la cara de un conocido, pero te advierto algo antes de que lo hagas. Llevo tanto tiempo comiendo picadillo de MDM que hasta la sombra me sabe a conservante. Si me muerdes, te vas a llevar un gusto a lata oxidada y desesperación que ni con enjuague bucal se te quita. Y créeme, después de probarlo, preferirás volver al bosque a buscar a alguien que aún tenga sabor a comida de verdad.
From no es solo una serie de terror. Es un espejo deformado que nos muestra qué es lo que realmente valoramos cuando todo lo demás se cae. No extrañamos los grandes lujos. Extrañamos lo básico. Lo que damos por sentado hasta que deja de estar ahí. Y aquí, en este rincón del mundo donde los apagones son tan naturales como el amanecer y el agua es un privilegio que se negocia, uno aprende que el verdadero monstruo no tiene ojos vacíos ni piel gris. El verdadero monstruo es la incertidumbre diaria, la espera, el cálculo, el ahorro forzado, la resignación que se disfraza de costumbre. Por eso sigo viendo From, capítulo a capítulo, interrupción tras interrupción, no para escapar de la realidad, sino para recordarme que, a pesar de todo, aún tenemos algo que los habitantes de ese pueblo no saben que tienen: la capacidad de reírnos de lo absurdo, de encontrar humor en lo imposible, de seguir contando chistes aunque la nevera esté vacía y la luz se haya ido hace 20 horas. Y si algún día la carretera aparece de verdad, ya saben dónde encontrarme. Probablemente estaré en la cocina, soplando carbón ó encendiendo el acerring, abanicándome con un pedazo de papel periódico, y preguntándome si los talismanes también protegen contra el color sofocante. Porque al final del día, el terror es relativo. Lo que a unos les quita el sueño, a otros les da material para la próxima historia.