Dulce María Loynaz. Mar cercado
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Nací en un pueblito costero al sur del país, en la región oriental, en el Balcón del Oriente Cubano: Las Tunas.
La primera vez que me llevaron al mar tenía 1 año, y según mi mamá, fui feliz por primera vez. Como pez en el agua.
Todos los años me llevaban en las vacaciones a pasar una semana, mis padres tenían un amigo pescador, y allí pasábamos los días. Lo vi tejer las redes, salir a pescar en botecito de madera, regresar con la ensarta de pescados.
No sé nadar, a pesar de tantos veranos en la playa, de tanto mar que siempre me ha rodeado, no sé nadar. Pero eso nunca importó.
Recuerdo una vez que la hija de este amigo, me llevó a la playa y cuando la marea subió, casi me ahogo; fue una experiencia desagradable. Luego, ya grande, con 21 años, sucedió algo parecido.
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Me fui a estudiar a Santiago de Cuba; nos mudamos allá, bien al oriente. Vivíamos en un cayo en medio de la bahía santiaguera.
Cayo Granma o para los nacidos antes de 1959, Cayo Smith.
Rodeado de azul, de olor a sal, de olas que chocaban contra la orilla.
Para ir o venir de la universidad cruzaba en una patana, especie de barcaza, que se mecía con el vaivén de las olas. La propela del motor creaba una espuma que me adormecía al mirarla. La única foto que tengo de mi embarazo, la tengo en esa patana; barrigota de 6 meses.
En esos días grises, donde el ánimo se me nubla, y aparecen nubarrones en mi mente, bordeaba el Morro, gigante colonial que aun guarda la entrada a la bahía, y entraba por debajo, subía a escondidas hasta la parte más alta, no sin antes dejar caer una moneda en el pozo de los deseos. Allí, me perdía en la infinidad del mar caribe que se extendía a mis pies, allí miraba ponerse el sol. Rodeada de gaviotas y el rumor de las aguas.
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Me gradué y me fui de Santiago, a una ciudad con calles en forma de laberinto; diseñada para que corsarios y piratas se perdieran en sus calles: Camaguey, otrora villa Santa María del Puerto del Príncipe. Una ciudad con un mar casi remoto; dos años viví sin poder respirar sus aguas.
Me mudé una vez más. De un extremo de la isla a otro: Pinar del Río, la Cenicienta de Cuba, la más occidental de las provincias, un casi pueblo-grande con gente campechana y chévere. Pero con mucho concreto, muchos árboles y nuevamente con un mar tan lejano como el azul del cielo. Cinco años en los que pocas veces pude mojarme los pies, o la cabeza, o la punta de los dedos.
Pero, fue en este lugar que tuve por primera vez mi sueño con Yemayá; Orisha, reina de las aguas saladas, madres de todos. Por primera vez sus aguas me salpicaron, me dieron luz. Por primera vez su mano sobre mi cabeza bendiciendo cada decisión tomada, cada camino emprendido. Ese día entendí que el mar era mi casa, mi lugar, mi rincón especial. Ese día comprendí porqué lo necesitaba como al aire que respiro, porqué la nostalgia que duele cuando no lo tengo cerca.
El mar, siempre el mar, siempre el azul de sus aguas, de su saya que baila como las olas, de su olor salado y refrescante, de su fuerza que nadie puede frenar, de su voz suave y segura, de su mano amorosa, pero firme. Sobre todo, de su seno, remanso de paz, de serenidad, calma
Hoy, vivo en La Habana, la capital del país, con un malecón que guarda la ciudad; que conversa, osado, con el mar; que se deja despeinar por las olas. Y yo, siempre ansiosa, lo busco, a él o a cualquier rincón de jardín azul de flores de cristal (como diría Dulce María Loynaz).