Amigos, quiero hablarles de Alejandro García Caturla, porque su historia resuena como un toque de tambor que no se olvida. No fue la enfermedad ni el azar lo que lo arrancó de la vida, fue la violencia de un sólo hombre, la sombra de alguien incapaz de aceptar la luz ajena. Y pensar en eso me consterna, pese a que en noviembre se cumplirán 85 años de la tragedia, porque nos recuerda lo frágil que puede ser la existencia de quienes nacen para iluminar.
Caturla era un joven inquieto, curioso, que no se conformaba con repetir lo que venía de Europa. Se metía en las ceremonias afrocubanas con respeto, escuchaba los tambores, los cantos, las voces ancestrales, y con lápiz y pentagrama copiaba lo que vibraba en su piel. Lo suyo era un acto de amor: demostrar que lo popular también podía ser grande, que lo culto y lo popular podían abrazarse, y que Cuba tenía una voz propia, poderosa y única.
Pero lo que más me conmueve es que no se quedó en la música. También fue abogado, y ahí se entregaba con la misma pasión. Defendía a quienes no tenían voz, a las mujeres víctimas de violencia, en una época en que eso era casi un acto de rebeldía. Y fue precisamente esa valentía la que lo puso frente a la tragedia: un hombre violento, incapaz de aceptar que su esposa tuviera defensa, decidió arrebatarle la vida.
Cuando pienso en eso, siento rabia y tristeza. Porque es la prueba de cómo los seres venidos a menos, dominados por la frustración y la violencia, pueden truncar la vida de quienes traen luz. Y me digo, amigos: no podemos permitir que la ignorancia y la violencia nos sigan robando lo mejor de nosotros. La respuesta debería ser clara, nunca más. Tenemos que educar, inculcar valores, aprender a detectar esas actitudes sociopáticas y violentas antes de que se conviertan en tragedia. No podemos seguir mirando hacia otro lado.
Dentro de todo lo que más me da esperanza, es que aunque su vida quedó truncada (le faltó demasiado por hacer) su música sigue viva. Sus composiciones todavía nos recuerdan que Cuba es mezcla, que somos tambor y violín, canto ancestral y armonía académica. Su legado es un faro que nos dice que lo popular y lo culto no son enemigos, sino hermanos que se enriquecen mutuamente. Esa luz, aunque intentaron apagarla, sigue brillando.
Por eso les digo, amigos de Hivecuba: que la historia de Caturla no sea sólo un recuerdo triste, sino un compromiso. Que nos inspire a luchar contra la violencia, a defender a los vulnerables, a valorar nuestras raíces y a construir un futuro más justo. Que cada vez que escuchemos su música, recordemos que la grandeza está en unir caminos, en tender puentes, en defender la dignidad humana.
Que nunca más la sombra de la violencia nos robe la luz de un creador, de un soñador, de un hombre que supo escuchar y transformar lo que somos. Porque al final, lo que queda es la luz, y esa luz nos toca a nosotros mantenerla viva.