La Habana no es una ciudad. Es una herida que sigue aprendiendo a cicatrizar sin puntos.
A las 8 am el aire ya sabe a sopa recalentada y agua podrida. Eso lo aprendes rápido: el olfato es un perro que muerde primero.
En una esquina de la calle Obispo un hombre vende aguacates sobre una caja de cerveza vacía. Tiene los dientes como teclas de piano rotas. Me ofrece uno “pa' que desayune como rey”. Pregunto el precio. Finge sacar cuentas con los dedos mugrientos. Casi cuestan más que la caja de cerveza. Casi. Pienso que la economía de la desesperación tiene su propio taza de cambio.
Cruzo Prado. La mayoría de las columnas están peladas como huesos viejos de algún animal extinto.
Un perro sarnoso me mira con más dignidad que los ministros en la televisión. Sentado en el muro hay un muchacho que ofrece dibujos a los transeúntes. Bien pudiera ser yo mismo. Parece que las ideas no llegaron a esta acera. Que fueron reemplazadas con ese "mas con menos" hecho de retazos.
Al mediodía, el sol de la Patria te aplasta contra la calle. Las sombras son mínimas. Inexistentes. Solo hay rayas más oscuras de calor.
Una mujer asoma la cabeza por un balcón de hierro oxidado. Grita algo sobre el pan nuestro de casi día. En otro balcón alguien le responde que hoy no llegó. Sin explicaciones. Asi de simple. Se hace un silencio incómodo. Luego escupen todos: ella al vacío, el vecino sobre la calle, yo a la memoria de las postales turísticas.
En la esquina de Neptuno un hombre se desprende de la pared y camina hacia mi a una velocidad sospechosa. Adopto una pose de combate creyéndome listo. Aunque no tenga mucho encima. Ni en ninguna parte en realidad. El hombre sigue de largo y lo escucho hablar en inglés: “enithing you want, enithing you dream”. La pareja de turistas lo mira con la misma intensidad que a un charco de agua sucia. El hombre sigue hablando. Ofreciendo cosas que no deberían existir. No importa el precio. Sigo caminando. Cada paso me lleva a cuestionarme la necesidad de un trasplante de alma. De país.
El silencio aquí no se negocia. Es un lujo de muertos o de poetas. Y los poetas viven en casas con goteras. O no tienen casa. Como yo.
Camino hasta el Malecón. El mar rompe contra el muro como un animal domesticado a golpes. Un hombre con solo un short y unas chancletas le da carga a un radio con un panel solar minúsculo. Otro pesca. Intenta pescar algo que espero no sea la comida de la tarde. A su lado hay una botella de plástico con un líquido color té. Asumo que no es té. Por supuesto. Me siento a su lado y me pregunta la hora. Le digo que las dos y veinte. El sonríe: “Esa misma hora tenía el reloj de mi padre cuando lo llevaron pa’l hoyo”. El hoyo es la tumba. O la cárcel. O Miami. "Depende del día"- pienso.
El atardecer no es bonito. Es pegajoso. Naranja sucio como el jugo de un antibiótico barato. Los gorriones comen migas junto a una alcantarilla que exhala el olor a toda la historia del siglo XX. Pienso en nosotros. En los gorriones.
Un niño se acerca ofreciendo un caracol. Una polimita pulida hasta el cansancio. Piensa que soy un turista y estoy demasiado cansado de todo para corregirlo. No quiere dinero. Quiere la camisa de flores que llevo. Se la doy. Suelta una risotada y corre hacia un callejón donde lo esperan otros niños con los mismos caracoles pulidos hasta el cansancio.
"El trueque es el verdadero idioma nacional. El español es solo el ruido de fondo"- pienso.
La noche de la Habana me sorprende. Pudiera ser hermosa. Pero hay demasiada oscuridad. Los focos aislados parpadean como un electroshock generacional.
Cerca, un hombre mayor toca el tres con mas maña que pericia. Puede estar cantando boleros. Pero yo escucho una lista de ausencias: leche, arroz, huevos. La melodía es de Benny Moré. La letra de la extinta libreta de abastecimiento.
Vuelvo a mi alquiler con los pies llenos de polvo y la lengua negra de tanto café malo. Mi compañero de cuarto me pregunta si tuve un buen día.
Le digo que sí.
Los dos sabemos que miento.
Pero aquí la verdad es otro lujo. Y yo ya gasté la mía en caracoles y en nada.
🖋 Ragnar Wilfredo Robas
📸 Ragnar Wilfredo Robas
#CrónicaVisual
#DiarioDeLaCalle
#CrónicasParaUnPintorDeElefantes
#PeriodismoIndependiente