Celebrar nuestros logros y ser autocompasivos debería ser una norma de vida.
Pasamos gran parte de nuestras vidas persiguiendo el éxito, lo que ya sabemos es absolutamente subjetivo según las aspiraciones de cada quien. Y no está mal hacerlo, esa búsqueda nos desafía a salir de nuestra zona de confort, experimentar cosas nuevas y reinventarnos para crecer.
Ahora bien, en esa travesía por lograrlo, y tal vez influenciados, o presionados, por las exigencias de la sociedad actual, nos fijamos metas realmente ambiciosas que requieren de pequeños logros previos. Sin embargo, a menudo nos enfocamos tanto en lo que queremos y todavía no tenemos, que pasamos por alto todo lo que ya hemos logrado en el camino. Pequeños logros que pasan inadvertidos, pero que sin duda son el resultado del esfuerzo, la dedicación y la constancia.
Debemos aprender a reconocer y celebrar nuestros pequeños logros. Es importante darnos crédito por lo que hemos alcanzado y no castigarnos tan duramente por no haber llegado aún a la meta final. Debemos ser tan compasivos con nosotros mismos como lo somos con nuestros amigos y familiares. Si podemos animar a otros a ver lo que han logrado y celebrar sus éxitos, entonces debemos ser capaces de hacer lo mismo con nosotros mismos.
Veamos los siguientes supuestos. Si nuestros hijos fallan un penal en un partido de futbol, ¿qué les decimos? - que ya vendrán nuevas oportunidades de gol, y que deben sentirse orgullosos por todo lo que han logrado para llegar allí. Les decimos que el solo hecho de estar jugando, ya es un gran logro. Si fuese un buen amigo el que viene a contarnos sus frustraciones, de igual forma procuramos animarle haciéndole ver todo lo que ha conseguido producto de su esfuerzo, y le decimos que un tropiezo lo tiene cualquiera, y que si se cae, pues se levanta y listo.
Entonces, si podemos ser compasivos con los demás, ¿por qué no somos compasivos con nosotros mismos? ¿por qué nos castigamos tan duro cuando fallamos? ¿por qué no somos capaces de darnos esa palmadita en el hombro? ¿por qué es tan difícil celebrarnos y aplaudirnos?
¿No será que esa misma sociedad que pretende que vayamos a sus tiempos y no a los nuestros, también es capaz de juzgar y minimizar nuestros logros?
Pues bien, importante es comprender que permitirle a cualquiera cercenar nuestro derecho a celebrar nuestros logros, sean grandes o pequeños, es conspirar contra nosotros mismos. Cuando nos permitimos alegrarnos plenamente por lo que vamos logrando en el camino, alimentamos la confianza en nosotros mismos, pensamos y actuamos en positivo, convencidos de que lo vamos a lograr y de que somos capaces de asumir nuevos desafíos. Ser amables con nosotros mismos mejora nuestra autoestima y nos alienta a continuar. En cambio, cuando le damos paso a la culpa, la frustración, la crítica y el castigo; lejos de avanzar, nos paralizamos y nos alejamos de nuestros objetivos.
Celebrar nuestros logros y practicar la autocompasión es un acto de amor propio que fomenta el bienestar emocional. No somos perfectos, nadie lo es, es normal fallar y cometer errores en el camino hacia nuestras metas. Si enfocamos nuestra energía en lo positivo del proceso, sacamos la mejor parte, pues cultivamos la motivación y la confianza.
Debemos permitirnos alegrarnos, celebrarnos y aplaudirnos a nosotros mismos tantas veces como sea necesario. Son nuestras luchas, retos, realidades y sacrificios, y solo nosotros sabemos lo que nos ha costado llegar hasta donde estamos. Debemos sentirnos orgullosos de lo mucho, y de lo poco. La energía que emana de la felicidad es el combustible para continuar con la certeza de que ¡si se puede!
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